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Manuel Caronti, visitador y benefactor de la Pequeña Obra

CARONTI Emanuele: Visitador y benefactor de la Pequeña Obra

Autor: Belano, Alessandro

20166211913584 El benedictino que supo dotar del aura canónica legal a la Pequeña Obra de la Divina Providencia, quedando a su vez conquistado por el espíritu y por los ejemplos de santidad de Don Orione de sus primeros hijos en los tiempos heroicos de la congregación. Fue él quien dictó la inscripción puesta en el sarcófago de Don Orione: «Aloisius Orione Sacerdos "Te Christus in pace".

Perfil biográfico

Figura bien conocida en los ambientes eclesiásticos, Giuseppe Caronti nace en Subiaco el 21 de diciembre de 1882. Con sólo 17 años es acogido entre los monjes benedictinos de la Abadía de Praglia (Pádua). Completó sus estudios superiores en el Ateneo Pontificio de San Anselmo de Roma, licenciándose en filosofía y teología. Con el estallido de la guerra es llamado al frente como capellán y le tocó compartir con los soldados la dureza de la prisión, mereciéndose la medalla de plata al valor militar.

Vuelto a la patria es llamado para guiar como abad la Abadía de Parma, necesitada de restauración. Allí permaneció durante dieciocho años, difundiendo los tesoros de su sabiduría. Es en este periodo en el que intensifica su apostolado litúrgico. Funda en 1914 la Revista Litúrgica, da vida en 1922 al Boletín Litúrgico, inicia la colección Piedad Litúrgica, organiza las “semanas litúrgicas”, publica el Misal Festivo y el Misal Cotidiano de los fieles.

En 1937 es elegido Abad General de las Congregaciones Sublacenses de la Orden de San Benito: transferiendose a Subiaco y por tanto a Roma atiende este cargo con gran dedicación y abundantes frutos por cerca de veinte años. Gracias a su pericia en derecho canónico y en materia de vida religiosa, desarrolla una intensa actividad como consultor en importantes dicasterios romanos que le confían importantes misiones. Es en este periodo en el que la Santa Sede lo nombra visitador apostólico de algunas instituciones, particularmente de la Congregación fundada por Don Luis Orione, cargo en el que permanecerá durante diez años (1936 – 1946).

En 1957, por motivos de salud, decidió retirarse en el Monasterio de la Scala, en Noci, por él mismo fundado en 1930. Aquí transcurrió los últimos años de su vida como un simple monje, dando a todos ejemplos resplandecientes de caridad fraterna, alegre humildad, y sincera piedad. Muere en la Abadía de Noci el 22 de julio de 1966, apretando entre sus manos una reliquia de Don Orione.

El Abad Manuel Caronti y San Luis Orione

En la fecha del 21 de junio de 1936, mientras se encontraba en tierra argentina, Don Orione enviaba al Abad Manuel Caronti el siguiente telegrama:

Queridísimo excelentísimo Visitador Apostólico Pequeña Obra Providencia “Me pongo en sus manos con todos mis pobres hijos” disponga amplísimamente "estaremos siempre felicísimos con cualquier disposición Congregación Religiosos y suya en humildad amor obediencia filial devotísima" (Scritti, 50,1).

El contenido de este telegrama sorprendió e impresionó al Abad Caronti que en aquella época se encontraba en Parma: él no sabía nada de haber sido nombrado sivitador apostólico de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, porque el nombramiento le será notificado el 7 de julio de 1936, al punto que, como enseguida él vino a decir, pensó que era una broma de mal gusto llevado a cabo por alguno que se hubiese servido abusivamente del nombre de Don Orione. Sorprendido y admirado, cuando vino a saberlo, pronunció enseguida una expresión un tanto elocuente: «Vere homo Dei est», refiriéndose a los carismas de Don Orione que, encontrándose en tierra argentina, había venido a saber de tal nombramiento ciertamente de alguna manera sobrenatural.

Don Orione dispensaba una particular devoción a las relaciones con el Visitador Apostólico, encargado por la Santa Sede de llevar adelante una inspección disciplinar y administrativa acerca de la marcha de la naciente institución. En la fecha del 10 de julio de 1936 comunicaba oficialmente esa noticia a todos sus religiosos con la siguiente carta:

«La caridad materna de la Santa Sede se ha dignado darnos un Visitador Apostólico en la persona del Rev.mo Abate Caronti, Prelado Benedictino de gran piedad y doctrina. Deo gratias!… Sea bienvenido el enviado del Señor y de la Sede Apostólica… Con la ayuda divina nosotros lo seguiremos alegremente y nada nos será tan dulce como escucharlo, secundarlo, obedecerlo y amarlo en el Señor… Ya le he manifestado mi alegría: ya le he asegurado que aceptaremos y que estaremos felicísimos de cualquier sugerencia que nos haga. Le he telegrafiado para que disponga amplísimamente, que todo será acogido con humildad, amor y obediencia filial y devotísima. El viene a nosotros en el nombre del Señor y con la autoridad apostólica: Él es desde hoy el mío y el vuestro superior inmediato: me pongo yo mismo y a ustedes en sus manos: yo no soy ni pretendo ser, con gran gozo, más que el último de ustedes, y no quiero sino obedecer siempre lo que plazca a la misericordia de nuestro Señor Jesucristo y a la caridad de la Santa Sede y lo que ésta quiera tolerarme en la Pequeña Obra de la Divina Providencia, de la que declaro que no fue fundada por mí, ni constituida con medios humanos, ni por mí conservada o hecha crecer, sino por la gracia y la voluntad del Omnipotente y Providentísimo Dios y Señor nuestro Jesucristo, a pesar de mis miserias y pecados» ( Scritti , 52,59).

El Abad Caronti dio inicio oficial a la visita canónica el 26 de agosto de 1936 con una semple y devota celebración en el Santuario de la Virgen de la Guardia, en Tortona. En los largos años posteriores visitó las casas, escuchó a los religiosos, observó con ojo de experto, únicamente con el deseo de entender y ayudar. Más que presentarse como un “Visitador” “con todo lo que solía comportar en cuanto a indagaciones, inspecciones, controles, y cierta distancia casi natural” Don Manuel se volvió como un verdadero padre por el modo en el que se desenvolvió su visita, por la ayuda ofrecida en circunstancias especiales, por el bien querido y demostrado a sacerdotes y clérigos. Refiriéndose a aquellos días un testigo nos cuenta:

«Nosotros nos encontramos ante de un padre, austero y más bien reservado en los primeros encuentros, pero tan delicado, respetuoso, únicamente preocupado por el mayor bien de la Santa Iglesia y de la pequeña y pobre familia religiosa nuestra. No tenía personalmente prejuicios hacia la joven congregación, aunque parece que si le hubieran dicho al confiarle el enciargo de la visita, que había muchas cosas que poner en su sitio…» (testimonio de Don José Zambarbieri, en «L’Abate Dom Emanuele Caronti», Don Orione, enero de 1983, 13-14).

El 24 de agosto de 1937 Don Orione volvió a Italia y desde ese momento hasta su muerte los contactos con el Abad Caronti no fueron únicamente epistolares, sino sobre todo personales, señalados por el afecto y la estima recíproca. He aquí lo que el mismo Abad Caronti refirió con ocasión del proceso para la beatificación de Don Orione:

«Conocí a Don Orione cuando fui nombrado Visitador Apostólico del Instituto por él fundado, hacia 1937, cuando el Siervo de Dios volvió de América. Apenas desembarcado en Genova, antes aún de presentarse en Tortona, vino a Parma para hacerme una visita de reconocimiento. Recuerdo que, en aquella ocasión, el Siervo de Dios se puso de rodillas ante mí, confirmándome todos los sentimientos de sumisión pronta y total, tal y como me había ya manifestado por escrito desde América. La impresión que me dio fue la de estar frente a un hombre de Dios, sometido a la Iglesia. Como me encontré a la Congregación aún en sus inicios y con una organización no jurídica, me dispuse a proporcionar los remedios necesarios. He visto siempre a Don Orione sometido, obediente y contento. Exigía el Siervo de Dios que las disposiciones que yo ofrecía fuesen puestas en práctica… El Siervo de Dios tenía un temperamento que en ocasiones se mostraba fuerte: pero habitualmente era de carácter jovial, sabía hacer agradable estar en su compañía y bajo su gobierno, que era sobre todo equilibrado sin acepción de personas. A la hora de conversar era sencillo, rehuía la doblez: nunca vi en él la tendencia a murmurar, y menos aún, recurrir a juicios apresurados o poco favorables hacia los otros… Don Orione pasó el último periodo de su vida en Tortona, atacado por varias enfermedades; yo me acercaba a menudo a encontrarlo, me entrtuve también a menudo visitándole como enfermo en su cama y pude admirar su gran resignación con la que soportaba el mal; y cuando yo lo exhortaba a tener ánimo pronosticándole que pronto estaría mejor, él me respondía: “Estoy en las manos de Dios”. También en la enfermedad Don Orione se mantenía en oración contínua. He podido admirar la fe de Don Orione sobre todo en la vida de oración continua y de íntima unión que realizaba prácticamente con el ejercicio de la presencia de Dios en su alma, en el trabajo, en sus hermanos y especialmente en las dificultades que encontraba durante la jornada. Más de una vez hablando de alguna dificultad me decía: “Dios está conmigo, la Virgen no me abandonará”. Lo he visto como a nadie, en distintas ocasiones he asistido a su Misa, permaneciendo profundamente edificado por el recogimiento de esa alma que vivía horas celestiales. También la devoción hacia la Virgen era una cualidad específica de aquella alma; era propiamente un hijo seguro de encontrarse entre los brazos de su Madre Celestial. Nunca de su boca salió una palabra de desconfianza; cuando las dificultades mayormente aumentaban, tanto más era su confianza y seguridad en la ayuda del cielo. Alguna vez he oído de su boca: Viene la Cruz, por tanto debemos esperar y estar seguros que viene también Jesús» (testimonio de Don Manuel Caronti, Summarium, 670 B 673).

Don Manuel estuvo particularmente cerca de Don Orione en febrero de 1940, cuando el Fundador fue fuertemente golpeado por un gravísimo ataque cardíaco que lo puso al borde de la tumba. Acudió en las noches, compartió las trepidaciones de aquellas horas, se interesó para que “superada la crísis” Don Orione dejase el rígido clima de Tortona, insistiendo junto a los médicos, para que aceptase un poco de convalecencia en la casa de Sanremo. Don Orione tuvo que ceder a tanta insistencia y la mañana del 9 de marzo partió para Sanremo; algunos días después, la noche del 12, moría después de una última jornada de oración y de trabajo.

El Abad Caronti una vez más demostró su gran corazón de padre y de protector. Llegó enseguida a Sanremo y su presencia fue providencial: guió y dirigió cada cosa, especialmente en lo que concernía al traslado del cadaver de Sanremo a Tortona. A lo largo del trayecto se debían efectuar numerosas paradas, porque muchos querían rendir el último homenaje y saludo a Don Orione: la presencia del Visitador fue de gran ayuda en aquellos días claves porque liberó a Don Sterpi de tantas dificultades y responsabilidades que se le hubieran podido presentar para la petición de los distintos permisos y los aspectos organizativos del traslado del cuerpo. Después de la parada en Génova, para los pobres del Pequeño Cottolengo, fue precisamente el Abad Caronti quien dispuso que pasase también por Milán, a través de Novi Ligure, Alejandría, Mortara: ¿Qué le empujó a un hombre tranquilo y respetuoso de las leyes y reglamentos a desatender algunas disciplinas?, nos lo refiere el mismo abad que frente a la conmoción que le supuso ver tal catidad de gente que quería acercarse a Don Orione para darle un último saludo, afirmó: «¡Ahora empiezo a saber de verdad quien era Don Orione!».

En los días que siguieron inmediatamente a la muerte del Fundador el Abad Caronti demostró aún su sabiduría y paternidad por la confianza que le unió a Don Carlos Sterpi quien le cedió todas las facultades hasta el Primer Capítulo General que vino celebrado en agosto de 1940 con la elección por unanimidad del mismo Don Sterpi como Superior General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia.

En los años sucesivos el Abad Caronti dio otra preciosa contribución al preparar según la normativa canónica el texto de las Constituciones, aprobadas con decretum laudis por la Sagrada Congregación de los Religiosos el 24 de enero de 1944 y presentadas a los Hijos de la Divina Providencia el 2 de marzo de 1944.

También el segundo Capítulo General, celebrado del 12 al 18 de septiembre de 1946 en Tortona, se desarrolló bajo la guía experta del Abad Caronti. En aquella ocasión fue elegido como nuevo Director General Don Carlos Pensa y Don Sterpi fue el primero en besarle la mano, haciendo un acto de homenaje. En septiembre de 1946 la obra preciosa del Abad Caronti se concluía felizmente, sin traumas y con gran regocijo por parte de todos los Hijos de la Divina Providencia. El Visitador Apostólico había cumplido de esta manera su misión y con fecha del 21 de octubre de 1946 remitía oficialmente su mandato a la Santa Sede, después de un servicio que se había iniciado el 7 de julio de 1936 y que continuó durante diez buenos años.

El nuevo Director General Don Pensa, recibida por el Abad Caronti la comunicación que le exoneraba del oficio de Visitador Apostólico, con fecha del 23 de octubre de 1946, le envió esta afectuosa carta:

«¡Excelencia Reverendísima, la Paz del Señor! Nos antecede la venerada (carta) suya del 21 del corr. en la que su Excelencia nos comunica que la Sagrada Congregación de los Religiosos ha acogido su propuesta de ser exhonerado del oficio llevado a cabo como Visitador Apostólico en nuestra Congregación. Hubiésemos esperado, Excelencia, que eso no hubiese llegado aún, y todos nosotros rezábamos para que el Señor nos concediese de tenerle durante otros años a usted para guiarnos y sostenernos como nos hubiese guiado y sostenido nuestro venerado Fundador si la Providencia de Dios no nos hubiese, tan pronto, privado de él. Con toda sinceridad habíamos expresado a menudo ese deseo nuestro a V.E., movidos por aquel afecto lleno de reconocimiento devoto de pobres hijos que habíamos nutrido en cada momento hacia V.E., con la memoria siempre de la veneración que nuestro querido Padre en Cristo le acogió y nos lo presentó a nosotros. Siempre vio y vimos en su Excelencia, al Enviado de la Iglesia y del papa, el Representante de N.S. Jesucristo mismo. La Providencia dispone las cosas de otra manera y no podemos sino ponernos de rodillas humildemente a los deseos de Dios. Usted ha querido pedirnos perdón a nosotros y somos nosotros quienes debemos invocar su compasión y perdón por tantas fatigas que le hemos causado a lo largo de este periodo de su visita, y por las penas que le hayan llegado por causa nuestra; mientras que le hubiésemos deseado, el Señor lo sabe bien, ofrecerle sólo grandes consolaciones. Hay algo que nos es muy grato reconocer y asegurarle; en cada cirsustancia hemos estado movidos hacia su Excelencia por una gran apertura de ánimo, confianza y sencillez; en cada cirsustancia hemos hablado, escrito y recurrido a vuestra Excelencia así como lo hubiéramos hecho con nuestro venerado Fundador, con el corazón de hijos queridos y devotos…» (Pensa, Carlos, «La visita apostolica», Actas del Consejo General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, octubre-diciembre 1946, 11 B 12).

Para la Pequeña Obra de la Divina Providencia el Abad Caronti no fue sólo un Visitador Apostólico: él se convirtió en el colaborador e intérprete autorizado y genuino del espíritu de Don Orione, el ejecutor testamentario de sus últimas voluntades, aquel que recogió paso a paso la heredad carismática del fundador y la confió íntegra, con oficialidad notarial, a Don Sterpi y de Don Sterpi a Don Pensa, garante del espíritu de Don Orione y testigo autorizado de su llama de caridad.

Para saber más

Archivo general San Luis Orione, Poición «Caronti Emanuele».

Pensa, Carlos, «La visita apostolica», Atti del Consiglio Generalizio della Piccola Opera della Divina Provvidenza , octubre-diciembre 1946, 9 B 12.

(Anónimo), «Recuerdo y oración de afecto y de gratitud por el Abad Don Manuel Caronti, O.S.B.», La Piccola Opera della Divina Provvidenza , julio de 1966, 153-156.

De Liberato Giuseppe, «D. Emanuele Caronti abate O.S.B.», Ora et Labora 21(1966), 183.

De Vincentiis Carlo, «Ricordo dell’abate Caronti», L’Osservatore Romano, 25 agosto 1966, 5.

Lunardi Giovanni, «Emanuele Caronti», en I monasteri italiani della Congregazione Sublacense (1843-1972). Saggi storici nel primo centenario della Congregazione, Parma, 1972, 521-535.

Lunardi Giovanni, «L’Abate Emanuele Caronti», L’Osservatore Romano, 19 B 20 luglio 1976, 7.

Galluccio Gennaro, «Il beato Luigi Orione e l’abate Emanuele Caronti», Scala 34(1980), 353-362.

Lunardi Giovanni, Emanuele Caronti. Uomo di Dio e della Chiesa, Edizioni La Scala, Noci, 1982.

Lunardi Giovanni, «L’abate Caronti nella contemplazione e nell’azione», La Scala 37(1983), 7-15.

Zambarbieri Giuseppe, «L’Abate Dom Emanuele Caronti», Don Orione, gennaio 1983, 13-16.

Provinciali Giulia, «Don Luigi Orione e l’Abate Emanuele Caronti (I parte)», Don Orione Oggi, aprile 2005, 26-27.

Provinciali Giulia, «Don Luigi Orione e l’Abate Emanuele Caronti (II parte)», Don Orione Oggi, giugno 2005, 26-27.

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