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La espléndida aventura de un ciego feliz

Fray Ave María (Traducido de AVE MARÍA (fraile, venerable): La espléndida aventura de un ciego feliz).

Publicado también en: F. PELOSO, Frate Ave Maria. Lettere dall’eremo, Piemme, Casale Monferrato, 1996.

Para acercarnos a Fray Ave María a través de la lectura de sus escritos, es necesario conocer al menos los rasgos esenciales de su vida. En ella Dios ha pronunciado palabras simples y sorprendentes, exigentes y consoladoras, a veces severas pero siempre portadoras de elevación espiritual.

Será el propio Fray Ave María quien nos cuente algo de si mismo. Sus “Cartas desde el convento” contienen abundantes datos tanto de su aventura humana (acontecimientos, lugares, personas, ocupaciones, salud, carácter, problemas, hechos históricos y de sociedad, etc. y también de su aventura espiritual. Ambas fascinantes. Él siempre escribe “ex abundantia cordis” de lo que él vive, y comunica con sencillez, casi con ingenuidad tanto las pequeñas noticias de crónica cotidiana como sus pensamientos y afectos más íntimos, porque todo lo convertía en un argumento para la alabanza a la Divina Providencia.

Antes de “aquel día”: 1 de noviembre de 1912

César Pisano – éste es su nombre y apellido – nace en Pogli de Ortovero, pequeño pueblo en la llanura de Albenga (Savona), el 24 de febrero de 1900. Fue bautizado el 3 de marzo siguiente. (1)

Es el primero de cinco hijos, cuatro varones y una hembra, de una familia cristiana, robusta y trabajadora. El papá, César, panadero, vivió por mucho tiempo lejos del pueblo, emigrado a Sudamérica – lo seguirá después también el hermano Adolfo – para proveer de mejores condiciones a la familia. La ausencia del padre de la familia se hace sentir. Fray Ave María muchas veces le pedirá que vuelva a casa definitivamente. Le escribe en 1927: “Oh, querido papá, vuelve a la familia y no te alejes más, y díselo a los hermanos también, que vale más la paz que se respira en el seno de una familia cristiana que todas las riquezas del mundo”. (2)

La conducción de la familia gravita, de este modo, toda en su mamá Serafina: mujer fuerte, inteligente y sensible, ella se echa encima el cuidado de la familia con no pocos sacrificios. No se tienen muchas noticias de aquellos primeros años de César Pisano. En las cartas sin embargo encontramos que fue aquella sobria cotidianeidad sobre la que se fue tejiendo su personalidad: familia, escuela, Iglesia, juego, trabajo.

César crece bueno, vigoroso y vivaz; hace de monaguillo. Y se hace amigo del párroco Don Juan Favara estimado por todo el mundo por sus dotes sacerdotales. A los nueve años hace la Primera Comunión y, justo después, el 12 de julio de 1909, recibe el sacramento de la Confirmación. Es un muchacho de inteligencia despierta y aplicado en la escuela que frecuenta primero en el pueblo y después en el Instituto Sagrado Corazón de Albenga. Al inicio de los estudios técnicos se gana una bolsa de estudio. En suma es un muchacho que promete bien. Hasta los 12 años su vida es igual a la de tantos de sus coetáneos.

El 1 de noviembre de 1912 ocurrió el hecho que condicionará toda su vida. Cuando Fray Ave María hable después de sí mismo hará que su vida comience propiamente desde “aquel día”: un compañero de juegos, Bartolomeo Vignola (“Tumelin”), con una descarga de fusil, que creía descargado, lo dejó irremediablemente ciego.

Es el día de Todos los Santos y el abuelo invita a César a acompañarlo a la Iglesia y después al cementerio para recordar a los muertos. Pero el muchacho prefiere ir a jugar al bosque vecino junto a su amigo “Tumelin”. En una cuadra abierta encontraron un fusil. Curiosidad, aventura e ingenuidad para inventar una nueva diversión. Se intercambian alegremente el rol del juego. “¡Dispara, dispara, que yo no tengo miedo!”, grita César alargando los brazos preparado ya para “hacerse el muerto”. Y Bartolomeo apretó el gatillo. “¡Mamma…!”: y el grito se vuelve tragedia. (3)

Es fácil imaginar la reacción que se produjo en los primeros largos e interminables días y meses de curas e intentos inútiles, por devolver la luz a los ojos de César irremediablemente hundidos. “Fue mi hermano quien me dijo que no tenía ya los ojos. Estuve un mes en el hospital. El doctor a mi padre, vuelto de las Américas, que le pedía noticias, le respondió que se necesitaba un milagro. Lo dijo en mi presencia: estaba desesperado… ¿Os recordáis – escribe a la madre, cuarenta años después – cuando en el hospital de Porto Maurizio no sabía todavía que estaba ciego y sollozando os decía que le dijerais al profesor que se diese prisa a quitarme las vendas de los ojos porque estaba cansado de estar en la oscuridad?”. (4) El afecto por el que César estaba rodeado no podía colmar la repentina y desoladora soledad. Se rompía un pasado y aún más se rompía, de ello estaba convencido, también su futuro. “Con la vista, poco a poco, perdí también la paz y la fe. Creía que este mundo estaba a merced de una gran mente caprichosa, cruel e injusta”. (5)

¡Ciego!

A los 13 años, el 8 de mayo de 1913, César se incorpora al instituto para ciegos “David Chiossone” de Génova, para intentar prepararse para la vida; la vida de un mañana un tanto inseguro. En el Instituto encuentra otros jóvenes y adultos marcados como él por la ceguera y empeñados en una posible recuperación humana. Para César son sólo tiempos de crisis, de pocas ganas de vivir, de desolación que le empuja hasta la desesperación. En la escuela ya no se aplica como podría; sin embargo aprende el método de escritura y lectura para ciegos “Braille”; aprende un poco de música con resultados mediocres; se le prepara para algunos pequeños oficios como empajar sillas, confeccionar coronas, etc. Pero el adolescente desorientado arrastra desganado sus días. Se vuelve apático para todo. Las buenas capacidades humanas de César están como paralizadas por la tristeza, por la irreparable inferioridad y en él nace una rebelión contra la “mala suerte” de la que se siente injustamente víctima.

Oscuros pensamientos derriban la fe en Dios, anteriormente cultivada con sencillez. César ya no reza más, no participa en la Misa. Casi con rencor por lo que le ha sucedido, niega a Dios. Son los tiempos de su mayor extravío espiritual. Así durante cuatro largos años. A este periodo Fray Ave María se refiere cuando humildemente se confiesa muchas veces que fue un gran pecador. “La Divina Providencia me soportó misericordiosamente y en el tiempo oportuno me tocó el corazón, que de duro como un peñasco, se volvió tierno como la mantequilla”. (6) “Yo, cuando era tres veces ciego me avergonzaba hasta el envilecimiento de mi ceguera física y de la intelectual; pero no me avergonzaba de ser ciego moralmente, espiritualmente; pero cuando Jesús me fulguró con su luz, con su verdad, su gracia, su caridad, entonces dije a Jesús y lo dije con gran entusiasmo: ‘¡Jesús, Tú sólo me bastas! ¡Tú eres mi verdadero bien!'”. (7)

“Jesús me deslumbró”

¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué podía “cambiar las tinieblas en luz”, como él mismo repetirá innumerables veces? Es difícil decirlo. Ciertamente el Señor lo visitó imprimiendo en su mente y en su corazón la certeza interior de su amor, de su Providencia. Su Presencia lo acompañará ya para toda su vida. (8)

Algunos momentos y protagonistas humanos de la ‘fulguración’ que rescató la vida de César son fáciles de individuar, porque es él mismo quien nos lo cuenta.

Era ya el cuarto año de ceguera cuando en el Instituto “David Chiossone” llegó como adjunta a la enfermería una Hija de la Caridad, sor Teresa Chiapponi. Esta monja empezó a ‘martillear’ – son palabras de Fray Ave María – a aquel joven desilusionado y rebelde con premurosos gestos de caridad y con pobres pero potentes palabras de fe. “No tienes ya bastante con la ceguera de los ojos – le decía sor Teresa – ¿quieres crecer ciego también del alma?”. (9) Con “con los múltiples y santos consejos de sor Teresa y de otras personas, todas almas buenas, que como golpes de un insistente martillo sobre el yunque, cubierto de mucha herrumbre, amenazan aún con hacerlo volverse liso y lúcido… así, a pesar de mi obstinada indolencia, el buen Dios y la Virgen Santísima se sirvieron de la boca y de los corazones a vueltos a Él para convertirme de vaso de uso vulgar en vaso de uso amoroso”. (10)

Hubo un hecho que llevó a César a recomponer muchos de sus pensamientos y sentimientos, antes en conflicto, y a traer ahora nuevas luces, nuevas decisiones, y una nueva orientación. De su vida en el Instituto hay un ‘antes’ y un ‘después’ de este hecho. En 1918 muere la abuela, muy querida para el joven: ese acontecimiento provoca una posterior meditación sobre la vanidad de la vida y vuelve el ánimo de César más abierto y deseoso de una vida superior, rescatada de la muerte y del mal.

“¿Por qué no rezas por la abuela a la que has querido tanto?” – le sugiere sor Teresa. César acepta y, después de tanto tiempo, se confiesa, vuelve a la comunión, reza. Una compañía nueva – la de Dios – da sentido e interés a sus días desolados. Comenzará a rezar animadamente, con otros y solo. Goza de estar con Dios. Desde hacía tanto tiempo que no gozaba con nada. Su vida resurge. Dramáticamente desapegado y desencantado de todo, aquel joven advierte que “Dios es todo”. “Fue en cuando eliminé toda esperanza de gozar en esta vida presente, cuando el buen Dios y la Madre Celestial me obligaron a esperar grandemente, únicamente, en los bienes eternos, y me dieron la fuerza para obrar en modo de merecerlos”. (11)

¿Cómo afrontar una vida en la oscuridad de todo bien terreno, conservando aquella luz y aquella paz? Estar sólo con Dio solo. Un día César, con algún embarazo, se confía a sor Teresa: tenía en mente la idea de convertirse en fraile o monje, de consagrarse a Dios. Aquella buena monja no se maravilla del hecho, y lo ayuda a volver concreta y realizable esa buena inspiración. “Sor Teresa me habló de Don Orione de tal modo que me hizo desear conocerlo, de oírlo, de hablarle, de hacerle ver mis miserias físicas y morales, todas, todas, y después escucharlo aún si por caso tuviese alguna palabra de consolación, de conforto, de esperanza también para mí”. (12)

El encuentro decisivo con Don Orione

Don Luis Orione (13) es un sacerdote piamontés muy conocido y canonizado por la Iglesia, fundador de una familia religiosa, la Piccola Opera della Divina Provvidenza. Sor Teresa piensa precisamente en Don Orione porque conoce una comunidad de hermanas Sacramentinas adoradoras ciegas instituidas por él, y conoce también la existencia de una rama de Eremitas. Tal vez haya un puesto también para César.

Y el encuentro tan decisivo se produce. Le seguirán otros. Las palabras de consuelo de Don Orione son apasionadas y concretas, enraizadas en una iluminada confianza en la Divina Providencia. “Este pobrecillo – recuerda de sí mismo Fray Ave María – fue a Don Orione empujado por el deseo de conquista de las riquezas eternas, hacia la verdadera luz, la sabiduría divina que, dejándolo desesperado (graciosa desesperación), le llenó el corazón de jubilosa y luminosa esperanza y la certeza en la posibilidad y facilidad de conseguir también él la verdadera felicidad en la verdadera vida inmortal, a la que cada corazón humano aspira y se siente atraído”. (14)

La idea de César de consagrarse a Dios, se vuelve con la ayuda de Don Orione en una decisión, en un proyecto: entrar en su Congregación.

“El 18 de marzo de 1920 (¡tenía 20 años!) la Pequeña Obra de la Divina Providencia me abrió la puerta”. (15) Acompañado por su papá, llegó a la ‘casa madre’ de la Pequeña Obra en Tortona. Don Orione no estaba allí cuando él llegó a Tortona, pero todo hablaba de él: Los cohermanos, los ambientes, los horarios, las costumbres, los ejercicios de piedad. Siente que Don Orione es muy amado por todos y seguido con la confianza de quienes saben que han encontrado una guía segura, un padre del alma.

Después de algún tiempo, finalmente Don Orione llega y el encuentro se vuelve costumbre. “En la medida en que los días van pasando yo iba encariñándome con Don Orione, tanto que hubiese deseado estar siempre con él, escuchar su Misa, recibir de él la comunión, oírlo predicar, hacer con él todas las demás prácticas de piedad, porque todo en él ayudaba al recogimiento, a meditar, a orar”. (16)

César encontró la pasión por vivir; transcurren sus días con un empuje nuevo, humilde, confiado. Reencuentra la paz e incluso aquella felicidad serena que parecía cerrada para siempre en su rostro. “Un día estaba con los demás en el recreo. Y sin saberlo yo, llega Don Orione, se pone a mis espaldas, y apoya en ellas sus brazos, y con sus manos me tapa los ojos. Yo, creyendo que fuese un compañero deseoso de bromear, tomé la cosa como chanza, y para hacer reír más a los acompañantes, exclamé: ‘¿Cómo quieres que pueda conocerte si me tienes tapados los ojos con las manos?’. Entonces también Don Orione sonrió benévolamente”. (17) ¡Qué lejanas quedaban las horas de la desesperación por la vista perdida!

Un único interés: la santidad

César ya sólo piensa en servir al Señor con alegría, decidido a hacerse santo en la escuela de Don Orione. “Desde que fui acogido por Don Orione, creí y sentí de mil maneras diferentes que estaba en las manos de un hombre extraordinario, y éste fue el irresistible empujón que me volvió irremediablemente dócil a abandonarme totalmente y con toda confianza en su dirección”. (18)

Hacia finales de julio de aquel mismo año 1920, Don Orione envía a César a Villa Moffa de Bra (Cúneo), casa de noviciado de la Congregación, para participar en el curso de ejercicios espirituales. “Don Orione hizo que me acompañaran a Villa Moffa en el mes de julio. En los primeros días de agosto se iniciaron los Ejercicios Espirituales, dirigidos por Don Felice Cribellati y por Don Carlo Alferani. De aquel tiempo mi infeliz memoria no recuerda nada de las largas e importantes conferencias hechas por Don Orione. Sólo recuerdo que cuando fui a hablar con él me acogió de un modo muy festivo y me preguntó: ‘Y bien, entonces ¿cómo quieres estar vestido? ¿De fraile o de clérigo? Yo sonreía sin responderle y él respondió enseguida: ‘¡Ah, lo sé, lo sé, tú quieres el hábito talar!'”. (19)

Llegar a ser sacerdote: era el vivo deseo, escondido en el fondo del corazón de César desde sus primeros tiempos de la ‘conversión’. Lo custodiaba secretamente. Casi no osaba ni pensar en ello. Porque la ceguera era un impedimento insuperable. Don Orione, sin embargo sabía de esa aspiración y le había dado alguna esperanza. “Por ahora me dijo que podía vestirme con el hábito negro, pero que en seguida, si, como esperaba, viniesen otros ciegos, nos hubiese vestido de lana blanca, con un rayo de oro sobre el pecho… La noche de la Asunción de 1920 tuve la gracia de recibir el hábito de las manos de mi veneradísimo Padre Don Luis Orione y, gracias a Dios, fue tan pobre que tal vez el seráfico “poverello” de Asís me hubiese tenido envidia”. (20)

Después de la vestición, César, vuelve al ‘Paterno’ (21) de Tortona donde va a transcurrir un año completo, robusteciéndose interiormente en aquel ambiente de gran respiro espiritual, de santos ejemplos, de mucho sacrificio y de fervorosa vida comunitaria. César viste como clérigo, y por deseo de Don Orione se deja crecer la barba como los ermitaños. Los múltiples recuerdos de aquel año quedarán como una referencia segura de valores y de actitudes a las que Fray Ave María recurrirá para el resto de su vida como quien acude a una fuente purísima. (22)

Al año siguiente, el 1º de agosto de 1921, César, después de haber participado en los Ejercicios espirituales, se establece en Villa Moffa: allí se quedará hasta mayo de 1923. Frecuenta la escuela, las enseñanzas medias; oración y trabajo ocupan el resto del tiempo: “Voy a segar leña para la cocina…, el sacristán me llama para que lo ayude…, voy también a pelar patatas, calabazas y nabos”. En aquel año cumple una empresa de notable valor simbólico: la construcción de una gran ‘gruta de Lourdes’ a espaldas de la colina sobre la que se recuesta Villa Moffa. A ello se dedica pacientemente durante meses, también en invierno. “Yo era vago, y también ciego, además de que nunca había hecho esos trabajos, pero por amor a la Virgen empecé a trabajar con el pico y con la pala, de modo que poco a poco el trabajo se convirtió en algo dulce, mucho más dulce de lo que en la juventud me pareciesen los juegos”. (23)

En 1922 inicia su año de noviciado. El Padre maestro es Don Julio Cremaschi, un sacerdote de oro (24) por su comprensión para con los jóvenes, por el candor de su sencillez, por la singular prudencia de educador y sobre todo por su santidad toda empapada de los ideales de Don Orione. César Pisano recorre con buenos progresos la vida de la perfección porque ya muy liberado de los impedimentos del “yo” y de los bienes de este mundo precozmente robados por esta ‘desgracia’ del 1 de noviembre de 1912 que, ahora, cada vez más consciente empieza a llamar ‘gracia’.

“Si pienso en lo que en breve tiempo se operó en mí, a mi firme decisión de dar de una vez una buena patada a este mundo corrupto y corruptor, maestro de odios, de envidias, de maledicencias, de imposturas, de fraudes, de escándalos, lleno de muchos peligros, tejedor de todos los engaños, debo reconocer la verdad, y la verdad es esta: que no fui yo quien eligió la parte mejor, la de hacer el bien, sino que fue el Señor y la Virgen quienes han elegido y hecho todo por mí”. (25)

Al Convento con un nombre nuevo: Fray Ave María

César, el 13 de mayo de 1923, todavía con el hábito de clérigo, deja el noviciado de Villa Moffa para llegar a la antigua Abadía de San Alberto de Butrio, sobre el Apenino del Oltrepó paviano. (26) Allí se encuentra una pequeña comunidad compuesta por el superior y párroco, Don Domingo Draghi, y por tres ermitaños dedicados a la oración y al trabajo manual. “¡Y llegué a este rincón del Paraíso, acogido paternalmente, maternalmente y fraternalmente por cuatro almas santas, que aquí vivían en caridad heroica! Aquí falta de todo… Y sin embargo ¡no falta nada para quien quiere hacerse santo!”. (27) En la milenaria Abadía, en otro tiempo gloriosa, después abandonada, y sólo desde hacía poco reinaugurada, la pobreza, las incomodidades y las privaciones acompañan constantemente la vida de los eremitas.

Después de pocos meses, el 9 de septiembre de 1923, fiesta de San Alberto, en la antigua y devota iglesita del monasterio tiene lugar la ceremonia de su vestición con el sayo eremítico gris con cordón blanco a un lado. Se le proporciona un nombre nuevo, Fray Ave María, y una nueva misión: “Te he querido aquí arriba – le dice Don Orione – porque desde esta soledad sentirás a Dios más cercano a ti; te confío una tarea, la de orar; ora siempre por todos”. Fray Ave María es consciente de que aquel día es el inicio de una nueva vida. Y escribe: “Ya no soy un clérigo sino un fraile. Ya no me llamo César Pisano sino Fray Ave María. Tengo todas las razones para creer que este antiguo cenobio casi en ruinas sea mi estable morada. El clérigo Pisano ahora está muerto y el fraile Ave María le ha tomado el puesto… ¡Laus et labor: he aquí mi programa!”. (28) A su madre le escribe: “Mamá, cuando hablen de mí ya no digan ‘aquel desgraciado hijo mío…’, sino digan ‘Fray Ave María’. Todo, también lo de acá abajo, es bello si se sabe mirar no perdiendo nunca de vista el cielo”. (29)

Después de apenas un año de vida en el pequeño convento, en 1924, otro acontecimiento llega para marcar la vocación de penitente y de orante de nuestro Fray Ave María. En la noche del 6 de noviembre de 1924 se manifestó en él, con el inconfundible signo de un repentino esputo de sangre, la tremenda enfermedad de la tisis que, en aquellos años, tronchaba tantas jóvenes vidas. Fray Ave María, a quien el médico pronosticó pocos días de vida, sobrevivió milagrosamente, aunque quedó para siempre aquejado y debilitado. No podrá abandonar nunca del todo esta nueva cruz física.

“Soy un pobre ciego no sólo en la compañía de la hermana ceguera, sino también de otros achaques… con una voz ronca hasta volverse ininteligible con un mínimo sonido”. (30) Tos, picor en las vías respiratorias, dificultad para respirar, inapetencia… constituían su “cilicio invernal”. Y bromeaba sobre ello: “Cuando se acerca el invierno es como si tuviese que ir al dentista…”. (31)

Aceptando con responsabilidad de fe esta nueva condición de sufriente, Fray Ave María argumenta: “Son todas las joyas que me manda el Señor y yo ¿seré tan memo de rehusarlas? Tal vez estas joyas me acompañen hasta la muerte y no me es lícito preferir otras”. (32)

40 años de oración, de cruz y de fidelidad

Fray Ave María tiene ya sabiamente en sus manos los hilos con los que tejer su propia vida: exteriormente son la ceguera, el sufrimiento, el convento, la pequeña comunidad, la oración, la penitencia, el trabajo y los humildes aposentos; interiormente son la experiencia de la propia miseria y de la Divina Providencia, la luz de la fe, la caridad, la humildad, la oración, la intimidad con Dios, con la Virgen, la espera confiada e impaciente de la Patria celeste, el Paraíso.

De 1924 son las primeras cartas de Fray Ave María; que con el pasar de los años se volverán cada vez más numerosas. (33) Son un tesoro de espiritualidad que él escribe por caridad y obediencia. El pío eremita decía: “Yo no valgo para hablar de Dios a los hombres: ¡es un arte demasiado difícil! Yo soy más bien para hablar de los hombres a Dios; y ésta es la cosa más fácil del mundo, porque requiere sólo un poco de Fe y un poco de Caridad, o sea un poco de buena voluntad”. (34)

En sus escritos están diseminadas numerosas noticias biográficas y testimonios de la vida del Espíritu. En el silencioso fluir del tiempo y “al calor del Sol donde yo me alumbro”, germinan nuevos aspectos de bien que florecen en dirección al Cielo. La belleza y la fragancia espiritual de este hombre quedan custodiadas en aquel convento lejano y casi olvidado, entre pocos y sencillos eremitas, en una vida ordinaria y desapegada. Es un homenaje, una alabanza dirigida únicamente a Dios que “se inclina desde el cielo y mira”. Pocas personas lo van a encontrar allá arriba, aunque, por voluntad de los superiores, alimentó numerosas relaciones para hacer un poco de bien a las Almas.

Fray Ave María vivió – como él mismo vino a decir – la “restante vida terrena sólo con los pies en el exilio, pero con la mente y con el corazón en la Patria”. (35) Hechas las excepciones de dos periodos que pasó en el Convento del Monte Soratte, cerca de Roma (1952-1954), y en el Convento de San Conrado de Noto, en Sicilia (1954-1957), y de una visita a su pueblo natal, él transcurrió toda su vida en el Convento de San Alberto de Butrio, hasta la víspera de su santa muerte ocurrida, después de un breve ingreso en el hospital de Voghera, el 21 de enero de 1964.

¿Qué puede ayudarnos aún a recordar de todos estos años antes de iniciar la lectura de sus cartas? ¿Tal vez el “milagro del agua” en el pozo de San Alberto? ¿O los episodios de éxtasis, de levitación o de pronosticar acontecimientos, señalados por algunos testigos? ¿O acaso los encuentros con personajes famosos de la Iglesia y de la sociedad, enviados a él por Don Orione o atraídos hasta allá arriba por su fama de santidad? ¿Los años difíciles y peligrosos de la guerra 1940-1945? ¿La escasez material, las incomprensiones imprevistas, las penitencias? ¿Las ‘bodas de oro’ de su ceguera? ¿O tal vez algunas “florecillas”, episodios símbolo de sabiduría humana y divina?

Hay de todo esto en la historia de Fray Ave María, y las biografías del Pío Eremita se han hecho cargo de una preciosa descripción histórica. (36) Pero una introducción biográfica puede pararse aquí. Con lo que ya conocemos, estamos preparados para la lectura de sus “Castas desde el Convento” y con ellas podremos remontar un poco, con él, hacia los manantiales interiores del misterio de su vida y de su canto: “Convertiste en luz mis tinieblas y en gozo mi tristeza, de modo que la mía es verdaderamente una luminosa y deliciosa noche, porque mi única luz y mi única alegría eres Tú sólo, ¡Oh Jesús, Hijo de Dios! ¡Oh Jesús, Dios mío! ¡Oh Jesús, hijo de María!”. (37)

N O T A S

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1. Cfr. Lettere IX, 33.

2. Cfr. Lettere V, 4.

3. Cfr. Frate Ave Maria. La luminosa notte di un cieco. Postulación Don Orione, Roma, 1964. p. 13.

4. Lettere IX, 21.

5. Lettere IX, 104.

6. Lettere IX, 104.

7. Lettere IX, 86.

8. “Nuestra felicidad está comprendida en estas palabras: ‘Jesús nos ama’. Creamos en estas palabras y seremos felices también en medio de los tormentos”, Lettere VII, 156. “Me acuerdo siempre de una frase leída en un libro del instituto (Chiossone) en francés: ‘¡la oración hace a la aflicción menos dolorosa y al gozo lo hace más puro!’. ¡Yo, si no tuviese la fe, sería el hombre más desgraciado!”, Lettere VII, 16.

9. D. SPARPAGLIONE, Frate Ave Maria, Barbati-Orione, 1990, (2a ed.). p.24.

10. Lettere VIII, 18.

11. Lettere V, 145.

12. Lettere X, 213.

13. Véase ALESSANDRO BELANO, Bibliografía orionina– Il Beato Don Luigi Orione: la sua vita, i suoi scritti, il suo messaggio, Roma, Piccola Opera della Divina Provvidenza, 1997. Reseña bibliográfica, de modo crítico y en orden cronológico.

14. Lettere IX, 113.

15. Lettere X, 213. En realidad fue el 12 de marzo.

16. La luminosa notte di un cieco, p.23.

17. Lettere VIII, 251.

18. Cfr. Lettere IV, 47-50.

19. Lettere V, 253.

20. Lettere V, 253-254.

21. Este es el nombre familiar usado para indicar la ‘casa madre’ de la Pequeña Obra de la Divina Providencia en Tortona, la primera, en la que normalmente habitaba Don Orione.

22. Cfr. Lettere V, 247-265.

23. Lettere V, 264.

24. Don Giulio Cremaschi “un sacerdote d’oro”, Escrito por Don G. Venturelli, Roma, 1977, “Messaggi de Don Orione” n.36.

25. Lettere V, 15. (o 13?)

26. La Abadía, que más común mente se llama “Eremo”, fue fundada por San Alberto (+ 1073), eremita e iniciador de un movimiento eremítico y cenobítico que se difundió rápidamente en las amplias zonas comprendidas entre las provincias de Alessandria, Pavía y Piacenza. La Abadía surge en un oasis de paz, a 687 metros de altitud en los Apeninos Paveses, sobre un espolón que emerge desde el fondo del valle entre un verde claustro de montes. Cfr. V.LEGE’, Sant’Alberto abate, fondatore del monastero di Butrio, e il suo culto, Dissertazione storico-critica, Tip. Rossi, Tortona, 1901. D. SPARPAGLIONE, Una gemma d’Oltrepò. Sant’Alberto di Butrio. Storia, arte, fede, (IV ed.), Barbati-Orione, 1990. FLORIAN G. S.Alberto di Butrio: cronache del XX° secolo. Ed. Don Orione, Tortona, 1992.

27. La luminosa notte di un cieco, p.43.

28. La luminosa notte di un cieco, p.50-51.

29. Lettere IX, 47.

30. Lettere III, 95.

31. La luminosa notte di un cieco, p.63.

32. Lettere X, 142.

33. Hablamos evidentemente de los escritos conservados y recogidos en el archivo de la postulación. Se trata de 10 volúmenes dactiloscritos de 300-400 páginas cada uno.

34. Cfr. Lettere III, 96. “Lo he visto muchas veces escribir de rodillas, con la máquina apoyada sobre el reclinatorio, recuerda Fray Plácido, un eremita que fue con Fray con Fray Ave María al Monte Soratte (Roma). “Es un poco la misma cosa: cuando escribo hablo de Dios a los hombres, cuando rezo hablo a Dios de los hombres… pero la segunda me resulta más fácil” (cfr. Lettere III, 127 e V, 241).

35. Lettere VII, 203.

36. La luminosa notte di un cieco. Frate Ave Maria, eremita cieco adoratore della Divina Provvidenza (Don Orione), 1900-1964, Roma, 1964, p.226; biografía con numerosos testimonios y escritos de Fray Ave María a cargo de la Postulación de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. D. SPARPAGLIONE, Frate Ave Maria. eremita cieco di Sant’Alberto di Butrio della Congregazione di Don Orione, (II ed.), Barbati-Orione, 1989, p.224; (II ed. ilustrada), Barbati-Orione, 1989, p.

37. Expresiones escritas en el recuerdo del 50° aniversario de ceguera, 1 de noviembre de 1962, Lettere II, 56, que tanto nos recuerdan las palabras del salmista: “Has cambiado mi luto en danza, mi vestido de saco en vestido de gozo para que yo pueda cantar sin descanso. Señor, Dios mío, te alabaré por siempre” (Sal 30, 12-13).

BIBLIOGRAFIA

CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM, Canonizationis Servi Dei Fratris Ave Maria (in saec.: Caesaris Pisano) Eremitae non videntis Parvi Operis Divinae Providentiae (190-1964). Positio super virtutibus, Tip. Guerra, 1991, Roma.
Frate Ave Maria. La luminosa notte di un cieco, a cargo de la Postulación de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, Ed. Piccola Opera della Divina Provvidenza (Don Orione), Roma, 1964, 226 p.
SPARPAGLIONE DOMENICO, Frate Ave Maria. Eremita cieco di S.Alberto di Butrio della Congregazione di Don Orione, 2a ed., Barbati Orione editore, Seregno, 1989, 222 p.
SPARPAGLIONE DOMENICO, Una gemma d’Oltrepò. S.Alberto di Butrio. Storia, arte, fede, I ed., Scuola Tipografica Don Orione, Tortona, 1959, 192 p.; IV ed., Barbati Orione editore, 1990, 96 p.
FLORIAN GIULIO, S.Alberto di Butrio: cronache del XX secolo, Ed. Don Orione, Tortona, 1992, 374 p.
BERNINI FABRIZIO, La Badia di S. Alberto di Butrio tra storia e fede, Ed. Eremo di Sant’Alberto di Butrio, Pontenizza, 1992, 360 p.
AZZARETTI MARINA, Oltre il Po l’Eremo di Alberto a Butrio, Torchio de’ Ricci, Pavia, 1994, 96 p.
FRATE AVE MARIA, Lettere dall’eremo, a cura di Don Flavio Peloso, Ed. Piemme, Casale M., 1996, 284 p.
MAGRASSI MARIANO, Frate Ave Maria (al secolo Cesarino Pisano), in Rivista Diocesana della Diocesi di Tortona, LXXXIV(1998), n.1, p.III-XII.
LANZA ANTONIO, Il beato Luigi Orione e gli Eremiti della Divina Provvidenza, Ed. PODP, Roma, 1999.
Il Richiamo di Frate Ave Maria, revista del Éremo de San Alberto de Butrio (Pavía), editada a partir de 1972.
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