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Una meditación para Navidad, la Caridad

Posted in Espiritualidad,Pastoral por padreteo en 24 diciembre, 2014
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caridad El tema de la Caridad siempre es un tema controvertido, porque el verbo amar tiene entre nosotros un significado tan ambiguo, que inevitablemente suele ser mal llevado y peor entendido. La Caridad no es otra cosa que Amor, con mayúsculas, y por tanto, procede de Dios y nosotros somos sólo el medio a través del cual Dios se sirve para manifestar su Amor. Todo lo demás, todo lo que no tiene este punto de partida y se hace por Él es aparente. La caridad aparente puede ser el mayor y más horrible pecado del hombre y puede estar corrompiendo de tal manera su corazón, que crea estar haciendo caridad y ser casi un santo en vida, cuando lo único que esta haciendo es un alarde de soberbia, humillando y disponiendo a su capricho de los que dice ayudar – que a su vez no pueden negarse porque dependen de él para subsistir – y por otra parte, aparentando ser mejor que los demás, cuando su miseria es la mayor de todas. ¡Cuántas personas que sólo se buscan a sí mismas y viven para la apariencia y el prestigio social, recurren a la supuesta caridad, corrompiendo y malogrando cuanto tocan y escandalizando a los que ven la realidad de sus actos!.

Acompañando a estos benefactores de bombo y platillo, se encuentran todas aquellas personas que, pudiendo salir de la situación de pobreza mediante el esfuerzo personal, se acostumbraron a pedir y la costumbre se hizo enfermedad del alma y aunque pudieran vivir bien sin necesidad de pedir, lo siguen haciendo, malgastando los pocos recursos que hay para los más pobres y sobre todo, agotando la buena disposición de los que desean ayudar de corazón. Así, con el triste espectáculo que dan los unos y los otros, no es de extrañar que algunas personas, a veces escarmentadas en su propio ser, digan aquello de: "Por la caridad, entró la peste", y permanezcan impasibles ante las nuevas situaciones que van trayendo los cambios sociales. Pero, ¿realmente justifica nuestra impasibilidad el que alguna vez nos hayamos sentido engañados por unos u otros?

NO. No ante Dios. No ante un Dios que nos perdona todos los días todas nuestras envidias, egoísmos, chismorreos y faltas de toda índole, que hace salir el sol para los buenos y para los que no lo son. No ante un Dios que es la esencia del Amor, que es Amor sin medida, que se pasó en el Amor y murió clavado en una cruz para justificar a los mismos que merecían estar en ella.

El trabajo de los voluntarios de Cáritas se encuentra constantemente con un montón de trabas que no deberían de existir, porque ellos ofrecen voluntariamente su tiempo para comprobar que no haya hermanos nuestros en situaciones precarias sin que nos demos cuenta de ello y esto, para un auténtico cristiano, es vital. ¿Cómo justificar ante Dios que hemos permitido que alguien pasara necesidad a nuestro lado, mientras nosotros literalmente tiramos la comida, sin que se nos caiga la cara de vergüenza y de pavor?. ¿No será más justificable, haber errado en exceso que en defecto? Es como la famosa lectura de la Sagrada Escritura que nos habla del padre Abraham cuando se pone a rogar por la salvación de Sodoma y Gomorra. ¿Y si hubiera 50, 40, 30, 20, 10, 5 justos…? Y si hubiera UN SOLO POBRE ¿merecería la pena nuestro trabajo? El trabajo de Cáritas, exige seres humanos capaces de compadecer – que significa "padecer con" – es decir, sufrir tu sufrimiento, dolerme tu dolor o tu hambre o tu enfermedad, en la misma manera en que debo ser capaz de gozar con tu alegría. En la medida en que hago mío tu sufrimiento, hago mío también el deseo de que dejes de sufrir y yo contigo.

Ese amor sin medida, viene de Dios, y el impulso que me empuja a hacer algo por ti, es una moción del Espíritu de Dios. Si yo soy dócil a la acción de Dios, que se dispuso a morir por nosotros sin pensar si nos lo merecíamos ó no, actuaré en consecuencia.
La Cáritas nace de la comprensión del Amor de Dios, de la comprensión del corazón de Cristo, capaz de amar hasta la muerte sin juzgar a quien recibe el amor, esperando, con infinita delicadeza y paciencia, que los años nos hagan cada vez más parecidos a nuestro Padre de Cielo.

M. E. López Sanz

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