PadreTeo


Inaplazable regeneración moral

(Editorial de Ecclesia.net)
Bien comúnEl asesinato, en la tarde del lunes 12 de mayo, de la presidenta de la Diputación de León (ver página 11) ha suscitado algunas, minoritarias pero  absolutamente inaceptables, reacciones, muchas de ellas en las redes sociales y otras incluso en conversaciones ciudadanas y en algunas tertulias mediáticas. Jamás se puede justificar o minimizar un asesinato. Jamás se puede utilizar el anonimato para, de un modo u otro, encubrirlo. Jamás se puede dar rienda suelta al odio, a la mezquindad, a los malos sentimientos y al frentismo. Y cuando esto sucede, es que, lamentablemente, algo está podrido en nuestra sociedad y en sus habitantes.

           Resulta de todo punto evidente de que no hay derecho a que existan políticos corruptos. Las urnas y, sobre todo, los juzgados han de retirarlos, de una vez por todas, de nuestro entorno. Pero de ahí a esparcir la sombra de la duda sobre la asesinada presidenta de la Diputación de León dista un abismo. Tampoco hay derecho a propagar basura de corrupción política sin demostrarla, y, quien lo haga, debe ser apartado también de la vida pública. Como deben ser apartados de la vida pública y ciudadana quienes han utilizado las redes sociales, especialmente Twitter, amparándose además en el cobarde anonimato, para alegrarse de este injustificable asesinato o, al menos, para ampararlo o comprenderlo. Actuar de este modo es una infamia. La corrupción política nunca se puede combatir con la corrupción moral que reflejan los vergonzosos mensajes aludidos.

           ¡Claro que necesitamos gobernantes y políticos honestos, pero también ciudadanos honestos! Y la corrupción presunta de los primeros jamás avala la de los segundos o viceversa.

           Como recordó el obispo de León, en el funeral de la asesinada política leonesa, y con palabras del Concilio Vaticano II, “la Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio” (Gaudium et spes, 75). Y como subraya asimismo el Papa Francisco, en el número 205 de la Evangelii gaudium (ver también la página 38 de este mismo número de ecclesia), “la política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”.

           Somos conscientes de los estragos que, en todos los órdenes, ha causado y causa la crisis económica en nuestro país y en Europa. Somos conscientes de sus efectos tantas veces devastadores y, a veces, hasta letales. Y nos duelen en el alma. Somos igualmente conscientes de que mil millones de personas malviven en el mundo sometidas a la gravísima injusticia de la hambruna y del subdesarrollo. Y nos deberían faltar palabras, sentimientos,  compromisos y actitudes para condenar, de un lado, y paliar, de otro, esta situación. Pero ello jamás puede avalar, en modo alguno, comentarios, pintadas y exclamaciones como las vividas –minoritarias, repitamos, pero también reales- con ocasión del citado homicidio.

           El cardenal Rouco Varela, en su homilía de la misa de la fiesta de San Isidro, patrono de Madrid, advirtió, con acierto y con profecía, que “sin la conversión, moral y espiritualmente honda al mandamiento divino del Amor, salir de la crisis –crisis económica, social, laboral, familiar, cultural y ética–, sólida y establemente, a medio y a largo plazo, se antoja poco menos que imposible”.

         La clase política tendrá que tomar conciencia y adoptar medidas acerca del descontento ciudadano, en la medida real que este sea. Sin ir más lejos, según la última encuesta del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas),utilizando una escala de 0 a 10, en la que 0 significa “ninguna confianza” y 10, “mucha confianza”, los partidos políticos obtienen tan solo el vergonzoso 1,89; el Gobierno el 2,45; los sindicatos, el 2,51; y el Parlamento el 2,63. Pésimos resultados, pues, todos ellos.

         Ahora, los ciudadanos españoles al igual que todos los de la Unión Europa, tenemos una oportunidad democrática de expresar libremente nuestro parecer sobre las políticas de la UE y su modo de combatir la crisis. Este es el camino: las urnas, la participación ciudadana, el formarse y el prestarse a ocupar responsabilidades públicas y el ejercitarlas con honestidad y eficacia, pensando solo en el bien común. Lo demás es demagogia y, a veces, como la ya aludida, es asimismo infamia.

         Porque de la crisis, solo podremos salir mediante una inaplazable regeneración moral, que incumbe tanto a políticos como a ciudadanos.

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