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La eutanasia infantil en Bélgica avergüenza y espolea al mundo católico

Posted in Actualidad,Pastoral,Política por padreteo en 17 febrero, 2014
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(Editorial de la revista Ecclesia.net)

Eutanasia infantilLa aprobación parlamentaria, el jueves 13 de febrero, de la eutanasia infantil en Bélgica ha de causarnos  dolor,  sonrojo y vergüenza, y  ha de hacernos reaccionar. Más todavía a tenor del resultado de la votación: 86 votos a favor, 44 en contra y 12 abstenciones. Y más aún, con el trágico paso adelante dado por esta ley al no limitar la edad de los niños y de los adolescentes para acceder a ella. Hasta ahora era Holanda el país que contaba con este deshonor, que, en cualquier caso, la acotaba entre los 12 y los 18 años.

La Iglesia católica en Bélgica lanzó toda su fuerza disuasoria y numerosas vigilias de oración para intentar contener este horror. Pero, en nuevo, cínico y contradictorio ejercicio de linchamiento, en una sociedad y de unos políticos y autoridades que tanto se pavonean con los derechos humanos, la libertad y el progreso, las iniciativas de la Iglesia belga fueron, en distintas ocasiones, demonizadas y tildadas de ilegítimas intromisiones.

Con leyes como esta, además con tan amplio respaldo parlamentario, recobra, siniestramente, actualidad y vigencia la primera tentación de la historia de la humanidad, el “seréis como dioses” del paraíso. La vida sin Dios, en efecto, se traduce, tarde o temprano, en vida deshumanizada. Como escribía el escritor y filósofo alemán Ernest Jünger, “de los altares olvidados han hecho su morada los demonios”. El drama del humanismo ateo pronto se convierte también en un humanismo sin ser humano y sin humanidad.

“Apoyamos plenamente –escribieron los obispos belgas- los derechos del niño, de los cuales los derechos al amor y al respeto son los fundamentales. Pero el derecho del niño a pedir su propia muerte supone ir demasiado lejos. Se trata de la transgresión de la prohibición de matar, que constituye la base de nuestra sociedad humana”.

Y es que nunca la muerte es la solución.  Ante el sufrimiento, máxime de los inocentes, la única actitud humana correcta es el amor, que siempre vence a la muerte. Y la eutanasia no es amor, sino muerte; no es compasión, sino falsa piedad; no es solidaridad, sino egoísmo; no es evitar el sufrimiento, sino generar uno mayor; no es justicia, sino su mayor quebramiento;  no es optar por la calidad de vida, sino cercenar la vida.

No existe la vida indolora. No existe aquí en la tierra el mundo perfecto, al que leyes como esta pretenden invocar y aspirar. Es falsa, injusta, inhumana, idolátrica, dañina y hasta destructora la pretensión de cualquier aproximación a la selección de la raza y la de creernos dueños absolutos de nuestro propio destino. Y todo esto, que siempre le cabe a la eutanasia, se hace más trágico y más doloroso con la eutanasia infantil.

“Los obispos –prosigue la nota del episcopado de Bélgica- tememos que esta nueva ley abra la puerta a una futura ampliación a las personas con discapacidad, a las personas con demencia, a los enfermos mentales o aquellos que están cansados de vivir”. ¿Y tan desacertado es pensar que  la “pendiente resbaladiza” a la que los prelados aluden no es ninguna exageración, ni ningún tremendismo?  Si hace unos años ya se aprobó la eutanasia para enfermos adultos y ahora para niños y adolescentes, ¿por qué razón no habría, en un futuro, de seguir extendiéndose?

Dicen los defensores de esta ley que los supuestos a los que podrán acoger sus destinatarios son muy restringidos: solo, supuestamente, cuando padezcan un “sufrimiento físico insoportable y su muerte a corto plazo sea inevitable”. ¿Y quién mide y cómo miden estas cautelas? ¿Quién puede hacerse responsable de acortar la vida a su hijo por evitarle dolor, gravando, además, en su conciencia -la conciencia de un enfermo, y, para colmo, niño o adolescente- la sensación de que estorba, de que no es útil, de que su vida no vale nada?

¡Claro que hay que combatir y evitar, en la medida de lo posible, la enfermedad y el dolor! ¡Claro que hay que potenciar y promover los cuidados paliativos, que, además, en vez de fomentarse en la espeluznante nueva ley se recortarán! Porque lo que los legisladores deben hacer es trabajar y luchar por la vida y no trivializar el dolor, estigmatizar al enfermo y banalizar la muerte.

Y todo esto, sí, ha de espolearnos para luchar denodadamente, y hasta contracorriente, en pro de la vida, de toda vida y de toda la vida.

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