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Vargas Llosa: periodismo, libertad y nacionalismos

Posted in Actualidad,Política por padreteo en 22 noviembre, 2013
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Vargas Llosa, discursoExcelentísima señora alcaldesa de Madrid, excelentísimo señor presidente del Tribunal Constitucional, excelentísimo señor ex presidente del Gobierno español, excelentísima señora defensora del pueblo, distinguidas autoridades, señoras, señores, queridos amigos, me siento profundamente agradecido por este honroso premio que recibo esta noche gracias a la generosidad de Pedro J. Ramírez y los demás miembros del jurado que me lo han concedido.

Tengo la sensación después de haber oído hablar a Pedro J. que estoy recibiendo dos premios, no solamente el ya anunciado sino el que acaba de concederme él con las frases tan extremadamente generosas, tan extremadamente emotivas que ustedes acaban de escuchar. Todos sabemos que están muy por encima de mis méritos pero están muy dentro de lo que es Pedro J. Ramírez, un periodista cabal, independiente, valiente, con un extraordinario sentido del fair play y que derrocha generosidad no solamente con sus amigos y colegas sino también, cosa muy rara, incluso con sus adversarios y enemigos. Muchísimas gracias Pedro J. por las cosas que has dicho.

Es verdad que comencé a hacer periodismo cuando era un adolescente, casi un niño, acababa de cumplir 15 años y desde entonces, la verdad, nunca he dejado de ejercitar de un modo u otro esta maravillosa profesión, una profesión que me ha hecho vivir aventuras inolvidables y que además ha enriquecido mi experiencia contribuyendo de este modo a mi trabajo de escritor.

Buena parte de las cosas que he escrito no hubiera podido escribirlas sin las imágenes, las personas, los acontecimientos que conocí gracias al periodismo, tengo por eso un cariño entrañable por este quehacer u oficio que ha sido para mí paralelo al ejercicio de la literatura. Creo que el periodismo, como ha dicho Pedro J., es absolutamente indispensable, lo fue en el pasado sin duda, pero lo es todavía más en estos tiempos turbulentos y confusos que nos ha tocado vivir. Creo que lo ha dicho nuestra colega Jennifer Preston y lo ha dicho también Anthony de Rosa, que la gran revolución de los medios audiovisuales ha ampliado de una manera que hace poco hubiera parecido inconcebible el campo de la información y que uno de sus resultados más benignos es que ha hecho cada vez más difícil sistemas de censura que puedan controlar la información y limitar el derecho de crítica. Es sin duda, una de las cosas buenas que vivimos en este tiempo en el campo del periodismo. Pero las cosas buenas suelen tener también algunas derivas negativas y creo que en este caso la revolución de la información ha traído también consigo una gran confusión, una falta de discriminación y que muchas veces en esta confusión la verdad y la mentira se funden de una manera inexplicable y creo que una de las nuevas e indispensables tareas del periodismo en nuestros días es tratar desesperadamente de separar esa verdad y mentira cuando se confunden y solapan.

‘La revolución de la información ha traído consigo también una gran confusión’

En estos días en la cartelera tan rica de teatros de Madrid se ve una obra de un autor mexicano-español, Juan Ruiz de Alarcón, que tiene un título que parece concebido para nuestra época: La verdad sospechosa. Qué fácil serían las cosas, cuánto mejor estaría el mundo de lo que está si la verdad y la mentira estuvieran siempre clarísimamente separadas con unas fronteras visibles e infranqueables. Desgraciadamente eso no ha sido siempre así y creo que nuestra época lo es todavía menos que nunca.

Con frecuencia la verdad y la mentira tienen unas fronteras escurridizas y confusas, eso nos lleva muchas veces a pensar en verdades sospechosas y en mentiras sospechosas, es decir, en verdades que podrían ser mentiras y en mentiras que podrían ser verdades. Creo que basta abrir un diario, una revista, escuchar un informativo en la radio o en la televisión, para descubrir que prácticamente cada día tenemos que enfrentar esas verdades que podrían ser mentiras y esas mentiras que podrían ser verdades.

Curiosamente la gran revolución audiovisual, la gran revolución de los medios de información que la tecnología ha puesto a nuestra disposición puede contribuir a crear esas confusiones y a borrar esas fronteras entre las verdades y mentiras, es decir, a sepultarnos en un mundo peligroso donde podemos tomar decisiones equivocadas por las informaciones confusas de que disponemos y creo que esto plantea al periodismo de nuestros días un desafío nuevo importantísimo: tratar de escudriñar con todos los medios a nuestro alcance en esas verdades sospechosas para erradicar lo que hay en ellas de mentira y escudriñar también con la misma consistencia y profundidad las mentiras sospechosas para eliminar lo que podría haber en ellas de verdades, a fin de tener una visión clara del mundo en que vivimos, de los problemas que enfrentamos y de las soluciones que ellos podrían tener.

Hay una gran incertidumbre sobre lo que será el periodismo del futuro, lo único claro es algo que dijo Pedro J. Ramírez en su hermoso discurso, si de un modo u otro el periodismo desaparece, o se encanalla, definitivamente no sólo desaparecerá la información libre o independiente, todas las instituciones de la democracia, de la civilización, se verían de alguna manera afectadas. La libertad antes que nada, la libertad y el periodismo son cosas inseparables, basta llegar a un país y ojear su prensa o escuchar sus informaciones para saber el grado de libertad que en ese país existe. ¿Se puede criticar al poder? ¿Se puede criticar a los poderes? ¿Hasta qué punto se los puede criticar? ¿Hasta qué punto el poder o los poderes pueden manipular los medios de comunicación? Responder esas preguntas es saber si en ese país la libertad existe, si la libertad está mediatizada o si ha sido totalmente conculcada.

Creo que no solamente la libertad, la civilización misma entra en peligro si el poder, los poderes, pueden manipular la información de tal modo que nos impongan como verdades las mentiras y conviertan a las verdades ante la opinión pública en mentiras, creo que es el gran desafío de nuestro tiempo.

‘La civilización misma entra en peligro si los poderes pueden manipular la información’

Pedro J. Ramírez ha hablado de lo que significa el nacionalismo, con lo que yo concuerdo enteramente. Yo creo que el nacionalismo es una de las grandes aberraciones de la Historia, es un sobreviviente del estatismo y del colectivismo, es una doctrina que atribuye la importancia del individuo a su pertenencia a un colectivo, aberración absurda que niega la libertad individual, que niega la posibilidad de un ciudadano, de una ciudadana de elegir su propio destino y ser lo que quiere ser mediante una conducta determinada.

Es una aberración que convierte el pertenecer a una colectividad en un valor, en un valor cultural, en un valor político, en un valor ético. Las peores desgracias que ha vivido la humanidad en los tiempos modernos han sido el resultado de la ceguera de la obtusa visión y la violencia que forman la esencia misma del nacionalismo. Por eso tenemos que combatir el nacionalismo sin complejos de inferioridad, absolutamente convencidos de que el nacionalismo es la negación de la civilización, de la democracia, de todas las instituciones que han ido desbarbarizando la vida y humanizando al ser humano.

Es verdad que hay nacionalistas pacíficos, cultos, benignos y que parecen inofensivos. No nos engañemos, ésa es una apariencia, ésa es una postura fugaz, momentánea; basta escarbar lo que se esconde tras ella, y lo que se esconde tras ella es el prejuicio, es en última instancia la discriminación, el encono, la violencia. España es un país que hace muy pocos años dio al mundo un ejemplo que el mundo entero aplaudió y admiró, una transición pacífica de la opresión a la libertad, de la dictadura a la democracia, del subdesarrollo al desarrollo, del ensimismamiento nacionalista a la apertura y a una integración en el mundo. En muy pocos años España se convirtió en un país del primer mundo y en un ejemplo a seguir. Un ejemplo que, en América Latina, fue seguido. Probablemente la transición chilena, de la dictadura a la Democracia, no hubiera sido lo que fue sin el ejemplo español. Probablemente sin el ejemplo español, América Central, que vivía en la guerra, en la revolución, en la división, en el encono, en la violencia, no hubiera vivido todos aquellos procesos de paz que han convertido, por primera vez en su historia, a Centroamérica en una región pacífica, de democracias más o menos libres.

Esa es la verdad de España. La crisis económica terrible que ha vivido, de la que va saliendo con mucho esfuerzo, es un problema serio, pero no es un problema que ponga en tela de juicio la verdad que significó la Transición, y la verdad que es la situación de España en el mundo: un país del primer mundo, un país democrático, un país integrado en Europa, un país de instituciones sólidas, un país donde imperan la legalidad y la libertad.

Creo que es importante tener esto en cuenta cuando, en vista de la crisis que afrontamos, en vista de los sacrificios que salir de la crisis nos impone, nos sentimos pesimistas y de una manera muy española, rápidamente desembocamos en el Apocalipsis y pensamos que hemos llegado al borde del abismo y que todo aquello notable, extraordinario, que conseguimos se puede desintegrar.

No va a ser así, no debe ser así, depende enteramente de nosotros que no lo sea, y en esto, el periodismo debe jugar un papel principalísimo. El periodismo es la historia que se va haciendo cada día y la historia que vamos conociendo a medida que se hace. El testimonio de esa historia no debe ser pesimista, no debe ser escandaloso, no debe ser mentiroso. Tampoco debe ser frívolo. Otro de los grandes desafíos que tiene la cultura de nuestro tiempo, y dentro de la cultura de nuestro tiempo, el periodismo, es el desafío de la frivolidad. Por desgracia, la frivolidad está ahí, es un protagonista central de la vida de nuestro tiempo. Y eso ha ido infiltrándose, incluso, en los órganos de comunicación tradicionalmente más responsables y más serios. La chismografía se ha ido abriendo paso en las columnas, el escándalo, las infidencias, todo aquello pequeño, sucio, vil, bajo ha entrado en la prensa que parecía más respetable, más creíble, empujado por una cultura que desgraciadamente ha perdido sus valores y ha perdido, sobre todo, ese sentido de la discriminación entre lo que es aceptable, lo que es digno, lo que es decente y lo que no lo es.

Estos Premios de Periodismo celebran a tres periodistas que perdieron su vida ejerciendo la profesión. No son los únicos, los ha habido, muchas víctimas antes que ellos y seguramente los habrá en el futuro. Eso implica una responsabilidad, y esa responsabilidad es la de resistir todas las tentaciones que pueden envilecer o encanallar la altísima profesión del periodismo. No cedamos a esa tentación. No nos dejemos empujar al facilismo que ello representa, y recordemos que lo que hacemos, cuando hacemos periodismo, tiene una repercusión importante y de largo plazo sobre los demás.

No quiero dar un sermón. Estoy en contra de los sermones por principio, y sé que me estoy alargando más de lo debido, así que voy a terminar. Y voy a terminar como empecé, agradeciendo mucho, muchísimo, este premio que me estimula y que me honra, y agradeciendo, una vez más, a Pedro J. Ramírez, esas palabras tan cariñosas, tan generosas, que ha dicho sobre mi trabajo de periodista y de escritor. Las voy a tener presentes, para defenderme con ellas, contra esos momentos de desánimo, que igual que tú, que igual que todos los periodistas tengo yo también cuando tengo que cumplir con un dead line, escribir un artículo y no sé todavía de qué voy a escribir. Muchas gracias.

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