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El moralizador amargado. El riesgo de los buenos y fieles

Posted in Espiritualidad,Pastoral por padreteo en 24 agosto, 2013
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(Ron Rolheiser (Trad. Julia Hinojosa) en ciudadredonda.org)

Vuelta del hijo pródigoEn un magistral libro sobre la gracia, Piet Fransen sugiere que podemos examinarnos sobre lo bien entendemos la gracia, al examinar nuestra reacción a la siguiente historia:

Imagínese a un hombre que durante toda su vida es completamente indiferente a Dios y a la moralidad.  Es egoísta, hace caso omiso de los mandamientos, ignora todas lo religiosos, y se centra básicamente en la búsqueda de su propio placer – el vino, el sexo, y la canción.  Después, apenas unas horas antes de su muerte, se arrepiente de su irresponsabilidad, hace una confesión sincera, recibe los sacramentos de la iglesia, y muere convertido.

¿Cuál es nuestra reacción espontánea ante esta historia? ¿Es maravilloso que haya recibido la gracia de la conversión antes de morir? O, más probablemente: ¡El mendigo con suerte! ¡Se salió con la suya! ¡tuvo todo ese placer y además se va al cielo!

Si sentimos esta segunda emoción, aunque sea por un momento, nunca hemos comprendido profundamente el concepto de la gracia.  Nos pasa como el hermano mayor del hijo pródigo, todavía estamos creyendo que la vida fuera de la casa de Dios es más completa  que la vida dentro de la casa de Dios, todavía estamos haciendo bien las cosas principalmente por el amargo deber, y secretamente envidiamos al inmoral.  Sin embargo, no seamos muy duros con nosotros mismos. Esto es un riesgo propio de personas buenas y fieles.

Jesús mismo lo expresa en la parábola de los trabajadores de la viña. Esta parábola fue dirigida a Pedro en respuesta a una pregunta. Pedro, en nombre de los otros discípulos, acababa de preguntar a Jesús acerca de qué recompensa iban a recibir por su fidelidad a él.  Jesús le responde contándole la historia del terrateniente rico y generoso que sale una mañana y contrata a los trabajadores para trabajar en su viña.  Contrata a algunos temprano en la mañana, les promete un buen sueldo, y sigue contratando a otros a medida que avanza el día, cada nuevo grupo tiene que trabajar menos horas que el grupo anterior a ellos, y termina el día contratando a un grupo de trabajadores tan sólo una hora antes de que la jornada de trabajo termine. Después, le dice a su capataz que les pague a todos el salario de un día completo. Sin embargo, esto deja a los obreros que trabajaron todo el día, un poco amargados. "¡Esto no es justo!" protestan. "Trabajamos todo el día y aguantamos el calor del sol, y este último grupo trabajó sólo una hora. ¡Es injusto que todos recibamos el mismo salario!" El terrateniente rico y generoso, obviamente representando a Dios, es amable en su respuesta: "Amigo, ¿acaso no estuviste de acuerdo con este salario? ¿Y acaso  no es un buen sueldo?  ¿Te da envidia y estás enojado porque soy generoso?"

Recuerden a quién están dirigidas estas palabras: Jesús se dirige a Pedro… y, en efecto, a través de esta parábola, se está refiriendo a todas las buenas personas que están moralmente y religiosamente soportando el calor del día.  Y Jesús nos está asegurando que seremos recompensados suntuosamente por hacer esto.  Más aun, como la parábola deja claro, hay un detalle: En pocas palabras, seremos recompensados con el cielo y va a ser maravilloso, sin embargo, y éste es el detalle, ¡se puede tener todo y disfrutar de nada porque estamos preocupados por lo que todos los demás obtienen!

A veces trato de destacar este punto gráficamente cuando doy retiros a sacerdotes y religiosos(as).  Les invito a considerar este escenario: Imagina que vives tu vida en fidelidad a tu voto del celibato, metafóricamente y en cierta forma soportando el calor del día, y, cuando llegas al cielo, la primera persona que te encuentras  es Hugh Hefner, el fundador de Playboy.  En estado de shock le protestas a Dios: "¿Cómo llegó aquí? ¡Esto  no es justo, teniendo en cuenta la vida que él vivió y la vida que se me pidió vivir a mí!" Y Dios, este  terrateniente demasiado generoso, responde amablemente: "Amigo, ¿acaso no estuviste de acuerdo en una vida de celibato, y no es el cielo un lugar maravilloso? ¿Eres envidioso y estás enojado porque soy generoso?" Y, que diferente es la reacción de un verdadero santo que, al encontrarse con alguien así en el cielo,  y como el padre del hijo pródigo, se apresura con alegría, para abrazar a la persona, y decirle: "Estoy desbordando de alegría porque usted lo logró! "

Thomas Halik, un escritor checo, sugiere que una de las razones por las cuales tantas personas en el mundo rechazan a las iglesias es que nos ven como "moralizadores amargados," los hermanos mayores del hijo pródigo, haciendo nuestros deberes religiosos y morales, sin embargo con amargura, y criticando a los que no viven como nosotros con una envidia oculta.  Nietzsche hizo una acusación similar hace más de cien años.

Lamentablemente, hay algo más que un poco de verdad en la acusación. Con frecuencia, somos moralistas amargados, envidiando secretamente al inmoral y criticando nuestro mundo con amargura.  Sin embargo, eso es un riesgo propio de personas  buenas y fieles.  Pedro y los primeros apóstoles batallaron con eso. ¿Por qué nosotros hemos de ser inmunes?

No necesitamos ser inmunes, pero sí debemos ser honestos en admitir que, a pesar de nuestra auténtica bondad y fidelidad, esto indica que todavía estamos lejos de ser santos.

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