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La “Vida Consagrada”, un bien para la Iglesia y la sociedad

Posted in Pastoral por padreteo en 1 febrero, 2013
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Vida Religiosa

(Tomado de masdecerca.com)

“Signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo”. Un bello lema y con un profundo sentido teológico.

El lema de la Jornada para la vida consagrada de este año 2013, en el Año de la fe, está tomado de la carta apostólica del Papa Benedicto XVI, Porta fidei, n. 15. Efectivamente, los religiosos, con su modo carismático de vivir el seguimiento radical de Jesucristo, son puestos en el candelero de la Iglesia para que irradien la luz de Cristo en el mundo. Las personas consagradas, nacidas de la Pascua, por el Espíritu de Cristo Resucitado, pueden entregarse sin reservas a los hermanos y a todos los hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, por el ejercicio de la caridad cristiana, en las escuelas y hospitales, en los geriátricos y en las cárceles, en las parroquias y en los claustros, en las ciudades y en los pueblos, en las universidades y en los centros educativos, en los lugares de frontera y en lo más oculto de las celdas. Los religiosos tienen delante un magnífico programa, en este Año de la fe: renovar con fidelidad y entusiasmo la consagración; reavivar con alegría la comunión; testimoniar con valentía a Cristo resucitado en la misión evangelizadora.

¿La Vida religiosa en España goza, en general, de buena salud?

No es fácil hacer un diagnóstico de una realidad como la vida consagrada, en la variedad de sus carismas e instituciones, que abarca las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado, las Sociedades de vida apostólica, los Institutos seculares, el Orden de lasvírgenes consagradas y las nuevas formas de vida consagrada.
No obstante, desde el conocimiento que tengo de la vida consagrada, mi valoración personal es positiva, en términos generales. Percibo que la inmensa mayoría de las personas consagradas en España son fieles a la vocación recibida, viven su consagración con espíritu evangélico, en comunión con la Iglesia y con los obispos y tratan de responder con impulso generoso a los retos que hoy tiene planteada la vida consagrada. Me parece a mí que la vida consagrada en España, considerada en su conjunto, goza de buena salud y representa un bien para la Iglesia y para la misma sociedad.
Dicho esto, hay que reconocer con realismo que bastantes Congregaciones están atravesando momentos duros y difíciles, a causa de la sequía vocacional, el envejecimiento de las comunidades; además, en no pocos religiosos ha penetrado la cultura secularizada, junto con cierta mediocridad y aburguesamiento.

Sigue siendo levadura, pero parece que su presencia social ya nunca será tan masiva como antes.

La Vida religiosa, como toda vida cristiana, tiene la fuerza transformadora de la levadura evangélica, que fermenta la masa. Ahora bien, la fuerza transformante de la Vida religiosa no hay que medirla con criterios meramente humanos y de la cultura de la eficiencia.
Ciertas personas pintan con tonos negros el futuro de algunas comunidades religiosas en función de datos estadísticos sobre número de vocaciones, edades de sus miembros, vigor de sus instituciones, etc. Pero la vida de esas comunidades religiosas no desaparecerá porque sean pocas las personas consagradas, sino por falta de amor apasionado por Jesucristo, de celo apostólico en el anuncio del evangelio y de caridad con los pobres y necesitados.
La vida consagrada es una realidad mayor que las estadísticas. Siempre será posible, a pesar del reducido número de sus miembros y más allá de sus limitaciones, fragilidades e incoherencias. Lo importante es que los religiosos sean santos, para no crear una contradicción entre el signo que son y la realidad que quieren significar. El Señor no nos pide éxitos y triunfos, sino una fidelidad siempre renovada.

¿Frailes y monjas encarnan el rostro amable de una Iglesia servidora y samaritana?

Los religiosos por su vocación y consagración son enviados al mundo con la misión de proclamar el Evangelio y transfigurarlo con el espíritu de las Bienaventuranza del Reino. Esto vale tanto para la vida activa como para la vida contemplativa. La “misión ad gentes” testimonia la contribución de muchos Institutos religiosos a la evangelización de los pueblos. La misión renueva y refuerza la vida consagrada. El amor y el servicio a los últimos, desde el icono del buen samaritano y del lavatorio de los pies, acompaña la misión de los consagrados, junto con la promoción de la justicia, que es parte integral de la evangelización. Desde al fidelidad y pasión por Cristo muchos religiosos en nuestra sociedad comparten las condiciones de vida de los más desheredados; no son pocas las comunidades religiosas que viven y trabajan entre los pobres y los marginados, poniendo en sus heridas, como buenos samaritanos, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza

¿Su labor social y religiosa está suficientemente reconocida por la sociedad?

Creo que en bastantes sectores de la sociedad se reconoce la labor social y religiosa de la Iglesia en general y de la vida de los religiosos en particular, especialmente ahora ante la grave y persistente crisis económica.
Está bien recordar las palabras de Santa Teresa de Jesús. “¿Qué sería del mundo si no fuese por los religiosos?”. Más allá de valoraciones superficiales y, en ocasiones, injustas, la vida de las personas consagradas es importante, por el valor de su consagración a Dios y de su servicio en favor de los otros en gratuidad y por amor.
Bastantes Institutos Religiosos en España, especialmente desde el siglo XIX hasta nuestros días, han nacido en la Iglesia para atender a las distintas necesidades y a las diversas formas de pobreza espiritual y material. Muchos religiosos, movidos por la fe, a través de la oración, la acogida y la hospitalidad, viven su predilección por los pobres. Dentro de esa opción por los pobres hay que situar el cuidado de los enfermos y ancianos como un ministerio de la misericordia de Dios. Los religiosos al identificarse con Cristo, están disponibles para ir a ocupar los puestos últimos y a ir a las “fronteras” geográficas, sociales y culturales de la evangelización, asumiendo grandes riesgos.

¿Y por la Iglesia?

La Iglesia admira y valora la vida consagrada no sólo por lo que hace, sino sobre todo por lo que es. En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como un elemento decisivo para su misión. La vida consagrada es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque como afirma el Concilio Vaticano II, aunque no pertenece a su estructura jerárquica, pertenece, sin embargo, de manera indiscutible a su vida y santidad.
La vida consagrada está haciendo una contribución muy importante en la labor evangelizadora de la Iglesia. Los religiosos en las distintas diócesis de España, en comunión con sus pastores y en corresponsabilidad con los laicos, en fidelidad a sus propios carismas, están presentes en los distintos areópagos y escenarios de la Nueva Evangelización: especialmente en el mundo de la cultura, las migraciones, la sanidad, etc.
La vida consagrada es un carisma de la Iglesia, se vive en la Iglesia y el Espíritu Santo lo da para el servicio de la Iglesia. Los obispos en España nos sentimos llamados a estimarla y velar por ella, y a procurar también que los fieles la amen e impulsen. De este modo, florecerán de nuevo, dentro de nuestras comunidades cristianas, vocaciones a la vida consagrada, capaces de prolongar el inapreciable servicio que viene prestando desde siempre a la Iglesia y a la sociedad. La Iglesia les debe muchísimo a lar personas consagradas.

Ha conseguido usted serenar en poco tiempo las aguas de las relaciones obispos-vida religiosa. ¿Están ya completamente calmadas?

Yo soy solamente un humilde obispo, a quien mis hermanos los obispos me han elegido para presidir la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. Desde entonces me siento llamado para servir con “temor y temblor”, en unión con los obispos miembros de la Comisión y con el resto de los obispos, a esta parcela viva y fecunda de la viña del Señor, que es la vida consagrada.
Entiendo que la pregunta se refiere a las mutuas relaciones entre los obispos y los religiosos en España. El tema hay que situarlo en la comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios y comunión orgánica, animada por el Espíritu Santo, que es principio de unidad en la comunión.
El Obispo, en virtud de su ministerio jerárquico, es principio visible y fundamento de la unidad de la Iglesia particular que le ha sido confiada, en el cumplimiento de su responsabilidad directa o indirecta respecto de toda la actividad pastoral que se realiza en la diócesis.
Sin entrar en al consideración de situaciones particulares, hay que afirmar que en los últimos años las relaciones entre los obispos y religiosos en España han recorrido un camino en el que han existido problemas y dificultades, que se han ido resolviendo desde la eclesiología de la comunión. No obstante el camino continúa, el espacio de la comunión y colaboración está siempre abierto y necesita que lo recorramos juntos en unidad.
Algunos desencuentros que se producen motivados por actuaciones desde el disenso en materia doctrinal y disciplinar no pueden empañar las buenas relaciones que existen en general entre los obispos y los religiosos en España. Es necesario que todas las iniciativas pastorales estén acordadas desde el principio del diálogo cordial, franco, sincero y respetuoso entre obispos y superiores de los distintos Institutos religiosos.

¿Qué opina de las críticas que, a veces, reciben las monjas y frailes simplemente por ir de calle?

Es verdad que el hábito es un signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a una determinada familia religiosa. Es una señal de identidad. Aunque se dice que “el hábito no hace al monje”, ayuda a reconocerlo. En una sociedad tan secularizada como la nuestra, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas, por ejemplo la cruz, se siente particularmente la necesidad de que los religiosos y los sacerdotes seamos reconocibles a los ojos de la gente, también por el hábito y el traje eclesiástico y no sólo por las obras y conducta.
El uso del hábito está regulado en las Constituciones de los Institutos religiosos, según normas y disposiciones propias, que hay que observar.
Ahora bien, no me parecen del todo justas determinadas críticas hirientes y obsesivas contra los religiosos que visten de calle, como si este comportamiento fuera la causa de los males de la vida religiosa. El hábito es un medio para un fin: significar la consagración y esto último es lo fundamental.

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