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San Francisco por Benedicto XVI

Posted in Pastoral por padreteo en 3 octubre, 2012
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san-francisco-de-asis-1San Francisco de Asís fue un hombre para los demás porque fue un hombre para Dios. Benedicto XVI peregrinó a Asís  el 17 de junio de 2007 y presentó a Francisco no como una mera marca de moda sino como un enamorado de Cristo.

Una vez más, Benedicto XVI volvió a demostrar -ahora en Asís- que es preciso, que es imprescindible leer con paz y apertura sus discursos y homilías. No tienen “desperdicio” sus palabras, llenas de agudeza, clarividencia, agudeza, profundidad, sencillez formal y estilo catequético y pedagógico. Benedicto XVI no se anda por las ramas, no hace literatura fácil y engañosa, no cede a concesiones populistas o demagógicas. Va al corazón, a la raíz, a las esencias. Y su magisterio, transido de belleza, de ternura y de cercanía, resulta siempre novedoso, fresco, fragante, interpelador.

Cuatro densos e interesantísimos discursos reflejan con nitidez  la peregrinación realizada el domingo 17 de junio de 2007 por Benedicto XVI a Asís. En menos de doce horas, el Santo Padre recorrió la práctica totalidad de los lugares santos de Francisco en Asís y de la mano de sus palabras y escritos y de los testimonios de sus biógrafos nos ha legado una espléndida catequesis y actualización de lo que supuso y sigue suponiendo el “mínimo y dulce Francisco”, el juglar de Dios, el ardiente enamorado de Jesucristo, “el gran educador de nuestra fe y de nuestra lucha”, el cristiano que quizás más se ha parecido a Jesús y quien mejor lo ha imitado lo largo de los siglos.

La clave y el secreto de Francisco

En Asís,  Benedicto XVI presentó la clave, el secreto de Francisco: su condición de enamorado apasionado de Jesucristo, su Dios y su todo. Francisco no es una “marca” de moda, una referencia sólo humanamente atractiva. Sí, lo es, pero lo es desde su radicalidad en la imitación de Jesucristo pobre y crucificado. Lo es desde su itinerario de permanente conversión, desde su búsqueda de la santidad, desde su seguimiento fiel y fecundo del Evangelio “sin glosa”. Cercano ya al final de sus vidas, Francisco recibió en el monte Al Verna los estigmas de la cruz. Pero antes, mucho antes -como recordó Benedicto XVI-, el corazón y el alma de Francisco habían sido ya “heridos” y transfigurados por las llagas del Señor.

La historia de Francisco es la historia de la gracia y de la conversión. Es la historia de la respuesta fiel, generosa y abnegada de quien se siente irresistiblemente atraído por Jesús. Es la historia de un hombre para los demás, que fue un hombre para Dios y de Dios, sin Quien el mundo y el hombre pierden su fundamento y su dirección de marcha.

Y lo demás -que en su vida fue tanto y tan grande- se nos dará y vendrá por añadidura: la paz, la fraternidad, la pobreza, la humildad, la caridad, el respeto y la promoción de la naturaleza. Y todo porque Francisco descubrió, siguió, amó y transmitió al Cristo total: al Amor Encarnado y al Amor Crucificado y Resucitado.

La hora de la conversión

A la luz de la liturgia de la Palabra del correspondiente domingo undécimo del tiempo ordinario del citado 17 de junio de 2007, Benedicto XVI trazó en su homilía algunas de las claves más certeras del “poverello”. De ellas emergía, en primer lugar, su condición de convertido, la lección permanente de su conversión, cuya celebración de su octavo centenario era reclamo de esta visita papal. “Todo en Asís nos habla de conversión” La conversión es el camino para la misericordia, la caridad y la paz, que, de modo tan extraordinario y ubérrimo, practicó Francisco. Y ahí estableció Benedicto XVI la primera de sus llamadas: el ejercicio de la caridad, el servicio a la paz sólo es verdadera y cristianamente fecunda desde la conversión, desde el “enamoramiento” de Jesucristo. La urgencia en pro de una constante conversión es, pues, la primera manifestación del auténtico “espíritu” de Asís.

En una hora como la nuestra marcada por la secularización, por la llamada “apostasía silenciosa” de tantos bautizados, por la vivencia de un catolicismo “ligth”, “bajo en calorías”, acomodaticio, sociológico, no deja de resultar profético el testimonio de Francisco, no dejan de resultar imprescindibles las aludidas palabras de Benedicto XVI. No saldremos de esta crisis de vitalidad religiosa y cristiana, en que vive inmerso Occidente, sino es a través de la conversión, de la radicalidad, de la vuelta a las esencias y a las raíces. Francisco hasta los 25 años era católico, pero su fe era secundaria en su vida, que sólo buscaba la gloria humana y las satisfacciones efímeras y materiales. Y la actividad socio-caritativa y asistencial de la Iglesia se convertiría en filantropía, estaría vacía de contenido y de fuerza, si no partiera de Jesús. La podría hacer cualquier otra institución

Y desde esta su conversión a Cristo hasta el deseo de transformarse en El, Francisco se transformó, a su vez, en excepcional modelo de vida consagrada, en profeta de la paz y de la salvaguardia de la creación, en apóstol de los leprosos y de los necesitados, en promotor del diálogo entre todos los hombres, particularmente del diálogo interreligioso. “Francisco -señaló Benedicto XVI- es un verdadero maestro en estas cosas. Pero lo esa partir de Cristo. El, Cristo, es nuestra paz”, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida.

El verdadero “espíritu” de Asís

Y desde aquí, desde su servicio a la paz y la caridad desde Jesucristo, el “espíritu” de Asís -en agradecida referencia al encuentro interreligioso de octubre de 1986, promovido por Juan Pablo II-, se ha de traducir en seguimiento radical del Señor que nos “vacune” ante cualquier tentación de indiferentismo religioso, siempre en las antípodas del verdadero diálogo interreligioso. El “espíritu” de Asís es también rechazo absoluto a la violencia, al uso y abuso de la religión como pretexto para ésta, fidelidad a las propias convicciones religiosas -”fidelidad, sobre todo, a Cristo crucificado y resucitado”-, diálogo responsable y sincero en la libertad y en la razón, y compromiso por la paz y la reconciliación.

El “espíritu” de Asís pasa también por una línea y trabajo pastoral de alto perfil capaz de afrontar las seducciones del relativismo. Es una línea pastoral de comunión y de coordinación, que prevenga de los riesgos de la atomización, del aislamiento y del actuar por libre. Es una línea pastoral decidida y marcadamente misionera y evangelizadora, bien insertada en la Iglesia local y abierta a la universalidad de la Iglesia. Es una línea pastoral que proponga la necesidad de vivir la consagración bautismal como apremiante llamada a la santidad y a la conversión permanente. Es una línea pastoral audaz, propositiva, exigente, llena de inventiva y de claridad en sus métodos y contenidos.

Y es que el “espíritu” de Asís, el verdadero “espíritu” de Asís y de Francisco, es dejarse encontrar por Cristo y partir de El y desde El trabajar y servir en pro de la paz y de la caridad. El “espíritu” de Asís es aprender de Francisco a reconocer a Cristo, tener experiencia de El, seguirle y testimoniarle con la vida. El “espíritu” de Asís no es una “marca” de moda. Es Cristo, sólo Cristo, todo Cristo, el Dios-Amor encarnado, su Dios y su todo. Y desde El, la hermana creación, la siembra de la paz y el servicio a los leprosos, los no creyentes, los no cristianos, los pobres, los necesitados y los últimos.

Tierra e historia santas en la verde y dulce Umbría

Por todo ello, Francisco es el santo que no pasa de moda. Es ejemplo de hombre para una sociedad nueva. Es patrimonio tan querido, tan hermoso y tan gozoso, tan imprescindible  de la mejor Iglesia y de la mejor humanidad. Decir Francisco es decir Evangelio.

Su vida -hace ya ocho siglos- se sitúa en la región italiana de la Umbría, en el corazón del país trasalpino, en las estribaciones de los Apeninos. Nació a finales de 1181 o a comienzos de 1182. Falleció en el atardecer del 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, actual basílica de Santa María de los Ángeles de Asís.

Los 44 años de su existencia se dividen inequívocamente en dos partes: hasta su conversión definitiva en 1208, y desde entonces hasta su muerte. Fue mucho más fácil, humanamente hablando, la primera parte de su vida. Pero le resultaba vacía y vana. En la segunda, desde San Damián y Rivotorto hasta su peregrinación a primera Roma en busca de la confirmación papal y después a Tierra Santa tras las huellas de Cristo, fue el tránsito, a veces en gran desolación y casi siempre confortado por la gracia, del seguimiento fiel y apasionado a su Señor y a los hermanos, que hizo historia y que, sobre todo, nos mostró, con luz inextinguible, la belleza y la grandeza del rostro del Dios-Amor, que es todo Bien, sumo Bien, Bien vivo, verdadero y para siempre.

(Jesús de las Heras Muela – Director de Ecclesia)

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