PadreTeo


Relato, un papa asturiano…

Posted in Cuentos,Espiritualidad,Pastoral por padreteo en 6 noviembre, 2011
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Un observador ecuánime, suponiendo que exista tal cosa en el mundo de los hombres, hubiese concluido que la jornada había sido intensa. No todos los días le condenan a uno a convertirse en pontífice de la Iglesia Católica de por vida. A las 10,00 de la noche ‘pi-em’, hora local romana, el nuevo Papa estaba ante el sagrario, en aquella capilla en la que nunca había entrado, ubicada en unos aposentos papales, que sólo conocía parcialmente por aquellas visitas ‘ad limina’… y sólo había hecho una. Visitas colectivas, donde apenas tomaba la palabra, pues entre los obispos también existen jerarquías, especialmente la de la veteranía. Bien pensado, algo absurdo porque uno de vuestros escritores, Clive Lewis, descubrió uno de los grandes enigmas de la vida moral: en materia de virtud, la experiencia es la madre de la ilusión. El caso es que él no era sino un obispo menor, en una conferencia episcopal de un país mediano y de fe vacilante, como era España.

El nuevo obispo de Roma apenas tenía mando en plazo en su propio país. Acababa de ingresar en el Colegio cardenalicio y su nombramiento pasó inadvertido para los medios informativos y para el propio Gobierno. España sufría un agudo proceso de secularización. Por tanto, que un anciano obispo de una provincia eclesiástica menor, como Asturias, recibiera el capelo cardenalicio a sus 79 años, no era noticia de primera página. Entre otras cosas, porque a los 80 años, dejaría de ser elector en el Cónclave. Y ya se sabe que los poderosos, así como los clérigos mundanizados, entienden al Cuerpo Místico de Cristo como entienden todo lo demás: en clave de poder.

Bueno, pues a aquel obispo menor le habían hecho Papa: la caraba.

En la Conferencia Episcopal española y entre los periodistas especializados, pasaba por ser un “marianista”, un devoto de la Santísima Virgen, un anciano pío que a nadie molestaba y al que muchos miraban con cierta conmiseración. Naturalmente, el amor a Santa María no hace intelectual, así que nuestro hombre estaba adscrito al sector “conservador” del episcopado español. Y ya se sabe que el intelectualismo no casa con un Dios al que le gusta agradecer al padre que desvele los secretos de la existencia a los humildes.

Y ahora resultaba que se había colado en el Cónclave, en tiempo de descuento, y que le habían hecho Papa, con el nombre de Pedro María I. Otra broma del Padre Eterno. Los ángeles también tenemos derecho a reírnos cuando observamos cómo Dios juega con los hombres, especialmente con los empeñados en jugar con sus semejantes.

Decía que Su Santidad Pedro María I, apagado el bullicio de aquel día de sorpresas, se retiró a la capilla privada. Nunca se había sentido tan solo, así que buscó compañía. En silencio, se dirigió al Santísimo oculto en el Sagrario, tal y como tenía por costumbre.

-Anda Majestad, que tenéis cada idea. Me convertís en cardenal a los 79 abriles, cuando llevaba años pidiendo el retiro. ¿Es que no tengo derecho a jubilarme? –aseguró el nuevo Papa en alusión a la doble norma canónica según la cual, al cumplir los 75 todo obispo pone su cargo a disposición del Papa y a los ochenta deja de ser elector y, en la práctica, elegible-. Me presento aquí, en Roma, más despistado que un pulpo en un garaje y Vos me hacéis Papa. A mí, a un tal José María García Fernández, que ya son ganas de dar la nota. Perdonad que os lo diga, pero sois un Dios muy poco serio.

-¿Quién mejor? Llevas el nombre de mi padre adoptivo y el de mi madre –refutó la voz que salía del Sagrario-. Estabas predestinado José.

-Y encima habéis hecho trampa. Os habéis aprovechado, arteramente, de la pugna entre los dos candidatos, a los que he visto que en un periódico tildaban del candidato progresista de Occidente y el conservador de Oriente, ambos jóvenes y muy capaces, para nombrar a un tercero totalmente desconocido. “Vamos a nombrar a un pontífice manejable, un Papa de transición”, he leído en muchas caras aunque sus labios permanecieran cerrados.

-¿Qué quieres Santidad Pedro María? No han hecho una buena campaña electoral.

-Y encima me habéis obligado a aceptar. Cuando he resultado el más votado me han acometido todos los sudores. He visto claro que debía rechazar el nombramiento pero cuando me han formulado la pregunta en cuestión mi lengua me ha traicionado y he pronunciado la fórmula de aceptación que mi mente negaba. No os atreváis a negarlo: habéis sido Vos quien ha dado su asentimiento por mí.

-No me lo perdonaré nunca, pero comprende que mi cómplice necesitaba un empujoncito. En el siglo XXI, el Maligno controla a demasiados padres de mi Iglesia y lo peor es que algunos ni lo saben.

-Pues precisamente por eso, Majestad. No tengo ni idea de por dónde empezar.

-Pues por eso mismo Majestad: ¿Acaso pretendéis que yo pueda hacerles cambiar? Sólo soy experto en escuchar a los cristianos en la garita del confesionario. Cristianos humildes, que nada saben de diplomacia ni de Administración. No sé por dónde empezar. Estaba tan confundido que ni tan siquiera sé lo que he dicho en mi saludo a los fieles en la Plaza de San Pedro.

-Yo sí lo sé –respondió el Sagrario-: hablaste a la multitud de mi elección de los apóstoles.

-Sí es cierto. ¡Ay, madre mía!

-Pues lo explicaste muy bien: “Sucedió en aquellos días que salió al monte orar y pasó toda la noche en oración…”.

-Sí, no sé por qué me acorde de esa cita evangélica, no sé por qué dije eso.

-No seas presumido, le dije yo: “Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos y eligió a doce entre ellos, a los que denominó apóstoles: a Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro y a su hermano Andrés”…

Su Santidad Pedro María I ya se había introducido en la trama:

-EL primero estaba cantado. Era tu delfín. El segundo era hermano del primero.

-…Santiago y Juan…

-¿Por qué a los Zebedeos?

-Porque si no se hubieran metido ellos de rondón. Luego Mateo porque siempre se necesita a alguien que te lleve las cuentas. La contabilidad nunca se me ha dado bien

-¿Y a Judas Iscariote, supongo, porque la traición tampoco se os da bien?

-Tenía un papel que cumplir. Además, aprende, gobernante del orbe católico, que conviene dejar que el mal se destruya a sí mismo. Tú preocúpate sólo de construir.

-¿Y debo nombrar entre mis colaboradores a algún Judas?

-Pues es el nombramiento en el que más debes reparar. Elegí al Iscariote, sobre todo, para dejar claro a la raza humana que he creado hombres libres, capaces de amarme pero también de odiarme, por propia voluntad. Diría que, como te ocurrirá a ti, no soy yo quien elegí: eligieron ellos en la gran alternativa que afronta todo ser humano, entonces y ahora: o conmigo o contra mí. Y los hombres que me resultan más lejanos son aquéllos que se niegan a elegir. En cualquier caso –añadió el Santísimo- no te preocupes por los Judas: tienes dentro a muchos. Hasta en tu querida Asturias has debido aprender que las mayores blasfemias siempre se perpetran al lado del altar de Dios.

Como le solía suceder, a Pedro María I le traicionó la imaginación que en su caso era, en verdad, la loca de la casa. La loca le recordó a aquel colaborador solícito de su diócesis ovetense, que él siempre sospechó que estaba endemoniado.

Hubo unos segundos de silencio:

-Perdonadme majestad, me he despistado.

-Implora misericordia a mi padre por Él –aconsejó la voz procedente del Sagrario.

Luego, el nuevo Papa atacó de nuevo:

-¿Y por qué me habéis inspirado este nombre, Pedro María I? A mí nunca se me hubiera ocurrido.

-Pedro, porque serás el nuevo Pedro…

-¿Y eso qué quiere decir?

-…María porque la Iglesia es antes mariana que petrina. Y ahora debe ser más mariana que nunca.

-Mejor será que seáis Vos quien nombre a mis ministros.

-Sí pero no te preocupes demasiado por ello. No es la Curia quien gobierna la Iglesia, sobretodo porque mi Cuerpo místico no necesita gobierno sino caridad. Aunque el mundo así lo crea, la Curia es lo de menos: Tú y yo gobernaremos la Iglesia visible. No me importa que me acusen de monárquico –concluyó con lo que el Papa supo era un sonrisa.

-Entonces, en esta diarquía, Señor, delego toda mi responsabilidad en Vos.

-No podrá ser. La libertad hay que ejercerla de contínuo. Libertad humana y confianza en la misericordia de Dios son una misma cosa. Serás el hombre más libre del mundo. Vivirás entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. Ahora, en el siglo XXI, toca persecución pero por eso mismo gozarás de mayores consuelos.

-Queréis decir que en el este siglo toca martirio. Eso me consuela porque yo me considero del siglo XX.

El Santísimo sonrió de nuevo:

-Has sido elegido Papa para ser mártir.

-Estaban a punto de dar las once, hora más que tardía para que un Papa se entregue al reposo, cuando el secretario privado del Pontífice irrumpió en el oratorio y, un tanto alterado, susurró al oído del Papa:

-Santidad: le llama el presidente de los Estados Unidos.

Pedro María I le oyó pero no le escuchó:

-Mártir, Majestad, ¿Significa… mártir?

-Sí. Tus predecesores fueron apóstoles y profetas. Ahora es poco martirial y al siervo de los siervos de Dios le toca predicar con el ejemplo.

-¿Y si os ridiculizo con mi cobardía?

El secretario se impacientaba:

-Santidad, se trata del presidente de los Estados Unidos, el hombre más poderoso del mundo.

El Papa se incorporó y se arrodilló ante el Sagrario mienta murmuraba:

-Decididamente, os habéis equivocado de hombre. Ahora me llama el hombre más poderoso del mundo y resulta que yo sólo entiendo el español y el latín. Bueno y un poquito de bable, pero no creo que el más poderoso del gallinero humano domine ninguno de esos tres idiomas.

Luego, en voz alta, se dirigió a su secretario, el mismo que temblaba como una hoja:

-¿El señor presidente habla español?

-No -respondió titubeante el aludido, pero yo domino seis idiomas, entre ellos el español y el inglés y, si Su Santidad da su permiso, puedo actuar como intérprete.

El papa caminaba hacia la mesa de un despacho donde nunca se había sentado:

-Dígame Bruno, porque usted se llama Bruno, verdad: ¿Los presidentes de los Estados Unidos suelen llamar a los papas a las once de la noche?

-Los presidentes de Estados Unidos llaman a la hora que quieren pero al Papa le llaman pocas veces. Sospecho que el hecho de que ahora mismo sea media tarde en Norteamérica tiene algo que ver con ello. Los norteamericanos aseguran que el centro del mundo no es Roma sino Washington. Bueno algunos prefieren hablar de Nueva York, “la ciudad”.

-Ninguna de los tres, Bruno. El centro del mundo es Jerusalén.

A renglón seguido, Pedro María I se encontró metido en una conversación a cuatro bandas: el presidente de los Estados Unidos, el intérprete Bruno, el papa y su Compañero de coloquio, pero los dos primeros ignoraban la presencia del cuarto.

La conversación fue de las que yo calificaría como rotunda. A los ángeles siempre nos sorprende la agitación de los hombres. Habláis como si no tuvierais un segundo que perder, cuando se os ha dado el tiempo, precisamente, para hablar.

El primer presidente de raza negra de los Estados Unidos hablaba desde el despacho oval mientras releía un dossier, con foto incluida, del nuevo pontífice. Tenía claro quién era su interlocutor: un españolito cateto a quien el Senado de la Iglesia había considerado lo suficientemente manipulable como para dirigir un papado de transición. Además, la Secretaría de Estado -la norteamericana, no la vaticana- ya había contactado con un cardenal amigo, alertados por el hecho de que los servicios de inteligencia no tenían fichado a aquel pueblerino que nunca antes había tenido responsabilidades de Gobierno. El presidente estaba tranquilo: consideraba que este Papa, tendría, a lo sumo, uno o dos golpes.

-Lamento llamarle con tanta premura, Santidad, pero quería felicitarle personalmente por su nombramiento.

-No se preocupe señor presidente. Aún no me había acostado, Estaba en la capilla hablando con Dios.

El presidente torció el gesto. La alta diplomacia obliga a escuchar cualquier cosa sin inmutarse. Bruno traducía a toda velocidad. Estaba claro que el hombre más poderoso del mundo no tenía tiempo que perder:

-Excelencia, el motivo de esta llamada es informarle sobre el momento tan delicado que vive la comunidad internacional, en un mundo asolado por la primera crisis económica global y por los contínuos estallidos de violencia, en muchos casos, convendrá conmigo, guerras de religión. Es un clima de violencia múltiple que podría desembocar en un estallido global… y definitivo.

Pedro María I intentaba asimilar un lenguaje nuevo para él. ¿Crisis global? ¿Guerra definitiva? Se dirigió al cuarto interlocutor: “Yo diría, Señor, que la única crisis que atravesamos es personal y se concreta en algo tan sencillo como que el hombre, cada hombre, os ha desterrado de su corazón”.

El presidente no podía escuchar esas palabras, así que continuó:

-Excelencia, ante una situación tan dramática debo pediros que utilicéis toda vuestra influencia religiosa para que los católicos se sumen a la iniciativa que hemos tomado los máximos responsables de la Unión Europea, China y Estados Unidos. Otros países, especialmente los que cuentan con armamento nuclear, también están con nosotros.

-Perdone señor presidente, pero no comprendo de qué iniciativa me habla.

-Es muy sencillo: nuestros objetivos son dos: un gobierno mundial, comenzando por la economía, y una religión o espiritualidad aceptada por todos.

El cuarto interlocutor susurró al oído del Papa: “Comienza la era martirial”.

-¿Un gobierno mundial, señor presidente?

-Es la única forma de preservar la paz en un mundo global.

-¿Y una única religión?

-La única forma de asegurar la tolerancia.

-¿Y eso cómo se concreta, señor presidente?

-Con la creación de una Confederación mundial impulsada por los Estados Unidos y a la que invito a unirse al Estado vaticano. La nueva espiritualidad consistiría en la elaboración de un nuevo decálogo, que sea aceptada por cristianos, musulmanes, judíos, y con la religión que hoy cuenta con más seguidores: la espiritualidad racionalista.

-Quiere decir usted una nueva espiritualidad agnóstica.

-¡En ningún caso! –refutó el presidente Obama. Yo creo en Dios y todo hombre ilustrado sabe de la existencia de un Creador. Sólo que cada religión convive a Dios de una forma distinta. No soy un ateo, excelencia. Como Voltaire, Excelencia, me siento incapaz de gobernar un mundo de ateos –concluyó el presidente sin darse cuenta de que había ampliado, piano piano, sus responsabilidades de Gobierno al conjunto del planeta. Eso sí, la espiritualidad que propugnamos es una espiritualidad racional, un nuevo paradigma ético aceptado por todos.

-Y ese paradigma ético ya tiene forma.

-Sí, la denominaremos Nueva Declaración de los Derechos del Hombre, aunque el consenso en Naciones Unidas, encargado de llevar adelante el proceso de unificación de credos, ha aportado la Carta de la Tierra, un documento que, como usted sabrá, coordinó Mijail Gorbachov. Pero el mayor consenso está en llamar a ese nuevo decálogo: Carta de los derechos de la humanidad y del planeta. Se pretende que ningún creyente de ninguna Iglesia tenga por qué renunciar a sus creencias particulares.

-Y dígame señor Presidente: ¿Dónde entra Cristo en esa nueva espiritualidad?

-Como uno de los granes maestros de todos los tiempos. Esa es la clave, excelencia: más que de una nueva religión hablamos de una nueva espiritualidad.

-Pues va a ser un problema, señor presidente, porque los cristianos vivimos una espiritualidad muy materialista, muy carnal. Imagínese usted que cada día, en cada momento, en algún lugar del planeta, estamos convirtiendo un trozo de pan y un poco de vino en el mismísimo Dios materializado.

Al otro lado de la línea se oía el resoplido impaciente del hombre más poderoso del mundo en cuya mente asomaba un solo concepto: impertinencia engreída.

-Todas las religiones tienen un mismo objetivo, Excelencia: la paz.

-Cuánto me disgusta rebatirle de nuevo, señor presidente. No sé las demás, pero no la que fundó aquel que dijo estas palabras: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división”.

El presidente de los Estados Unidos pensó que con un sofista ñoño de aquel calibre no había forma de razonar. Mientras Bruno, temblaba como una hoja. Aquel no era el lenguaje de la diplomacia vaticana:

-Al menos –argumentó el presidente tras una breve pero muy ilustrativa pausa- supongo que puedo contar con el Vaticano para apoyar la creación de un embrión de gobernanza global al que se otorgue el monopolio de la fuerza y de la moneda: un solo ejército, una sola policía, un tribunal internacional que juzgue a los tiranos, un solo emisor de moneda que regule los mercados y reduzca la especulación financiera. Es la única forma de asegurar la paz y la justa distribución de la riqueza en un mundo fragmentado y convulso.

Pedro María I se dirigió en silencio al cuarto interlocutor. Aquello sonaba bien. A fin de cuentas, un gobierno mundial no podría declararse la guerra a sí mismo. Pero fue entonces cuando escuchó aquellas palabras:

-Yo no he creado una humanidad libre sino un hombre libre, no he muerto en la Cruz por la humanidad sino por el hombre, por cada hombre, no he convertido a la humanidad en hija de Dios, sólo al hombre le he otorgado ese título. El mundo no es global: está dividido entre el bien y el mal y así seguirá hasta el fin de los tiempos.

Bruno instaba al Papa a responder. Aquella pausa se hacía eterna. Al final, el Papa se inclinó sobre l auricular y respondió:

-No. señor presidente. La Iglesia se ocupa de las personas, no de los Estados.

Ahora el silencio llegaba desde el otro lado:

-Entonces, la Iglesia católica se ha situado del lado equivocado de la historia y deberá atenerse a las consecuencias.

A quien le han profetizado martirio no le impresionan demasiado las amenazas ‘históricas’:

-La historia, señor presidente, no tiene lados. Sólo principio y fin.

-Mi deber, Excelencia, era advertirle. Siento anunciarle que los nuevos tiempos le dejarán arrinconado. No sé si la historia tiene lados pero la historia le arrollará. De hecho ya le está arrollando.

-No se preocupe, señor presidente, nuestro jefe es señor de la historia.

No hubo despedida. Lo cual hizo que el pobre Bruno pasara del temblor a las convulsiones. Entendía todo y no comprendía nada. Y aún comprendió menos cuando escuchó al Pontífice decir en alta voz:

-Majestad, teníais razón. La era martirial ya ha empezado. Me podíais haber dejado aterrizar.

-¿Para qué? Tú tampoco tienes tiempo que perder.

Pero la respuesta del cuarto interlocutor no fue escuchada por Bruno. A fin de cuentas, al cuarto interlocutor le agrada el diálogo del silencio.

Eulogio López

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