Cuaresma, ceniza, oración, ayuno, limosna, abstinencia…
La simbología de la ceniza, el ayuno, la abstinencia, los pilares de la Cuaresma y el Miércoles de Ceniza. Tomado de la publicación diocesana semanal de Ciudad Real (“Con vosotros”, 19-2-2012) y de la página web de este obispado
La simbología de la ceniza
Por Juan Carlos Fernández de Simón Soriano, párroco de Malagón
El camino de la Cuaresma, que nos prepara la Pascua, se inicia con el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que va iluminado por las palabras que lo acompañan: Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás (cf. Gn 3,19), o bien: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).
El símbolo de la ceniza nos recuerda el origen del hombre: «Dios formó al hombre con polvo de la tierra» (Gen 2,7). En este sentido, la ceniza representa, pues, la conciencia de la nada de la creatura con respecto al Creador, que nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad (viene de humus, tierra):«polvo y ceniza son los hombres» (Si 17,32).
Además, la ceniza es signo del arrepentimiento y de penitencia: «Cambiemos nuestro vestido por la ceniza y el cilicio; ayunemos y lloremos. Delante del Señor, porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nuestros pecados» (Antífona: Cf. Jl 2,13).
En los primeros siglos se utilizó este gesto por los cristianos culpables de pecados graves que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza, que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.
En el siglo XI, desaparecida ya la penitencia pública, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.
Cuaresma 2012: El ayuno cuaresmal/el des-ayuno pascual
Por Vicente Díaz-Pintado Moraleda, párroco de Calzada de Calatrava
Por ayuno se entiende la práctica de limitar el consumo de comida y algunas bebidas. Pero, como todo signo, este no tiene sentido si no lleva un significado profundo.
El ayuno ha estado siempre presente en la tradición del Antiguo Testamento, despertando el deseo de conversión a Dios en el corazón del pueblo de Israel.
El mismo Señor ayuna como gesto que fortalece el espíritu ante la tentación del maligno. Y son muchas las veces que el Señor invita a sus discípulos a hacer uso de esta práctica para conducir a la libertad de corazón y mente, para reconocer la debilidad y la dependencia que tenemos de Dios, para cultivar la pobreza de espíritu, edificar la vida interior y eliminar los excesos de nuestra vida a fin de hacer más hueco a Dios en nuestro corazón, verdadero alimento imprescindible para nuestra existencia.
Así ha estado presente, con un sentido verdaderamente espiritual, en la vida de la Iglesia. Imprescindible será también unir ese ayuno físico que fortalece el espíritu con las buenas obras para el prójimo, la limosna y la oración (Mt 6, 1-18).
Vivimos en una sociedad consumista con riesgos de obesidad crónica donde no nos importa someternos a los eternos ayunos de las más variadas y, a veces, disparatadas dietas y casi siempre por razones de estética más que de salud. ¿Por qué, entonces, no ayunar dándole ese sentido espiritual de comunión con Dios y deseo de conversión que nos pide nuestra madre la Iglesia?
El ayuno cuaresmal nos prepara para poder, en la aurora del nuevo día de la resurrección, romper el ayuno y des-ayunar la victoria de Cristo.
Abstinencia para un corazón compartido
Por Vicente Díaz-Pintado Moraleda, párroco de Calzada de Calatrava
«No tiene sentido abstenerme de comer carne para comer pescado que, por otra parte, es más caro». Es uno de los muchos y más comunes argumentos que podemos decir ante los días que la Iglesia nos pide que no comamos carne. Entonces ¿qué sentido tiene? ¿Por qué lo hacemos?
Al igual que el ayuno es otra práctica que ha marcado tradicionalmente la espiritualidad cuaresmal. Y como todo signo, éste no tendrá sentido si no lo hacemos con una actitud interior. La abstinencia cuaresmal tiene un contexto mucho más profundo. Es la abstinencia del hombre viejo; del pecado. La renuncia a los propios caminos errados para abrazar los de Cristo. Esa es la abstinencia principal que nos recuerda la otra carnal: la lucha contra el pecado en nosotros mismos.
Si uno se priva de un plato de carne, pero no de su rencor y deseo de venganza, se ha quedado meramente en la superficie de su ayuno y abstinencia. Si damos una limosna, pero no vaciamos el corazón de odio o soberbia, entonces no hemos progresado gran cosa. La abstinencia de carne ha de ir acompañada de su significado real: abstenerme de todo aquello que me aleja de los sentimientos de Cristo y del amor al prójimo.
La renovación interior va así acompañada y favorecida por una austeridad exterior en la práctica que puede adoptar muchas modalidades. Sería bueno abstenernos de pecado y buscar siempre, en clima de conversión pascual, el alimento imperecedero, de Pan y de perdón, que Cristo nos da.
Los tres pilares de la Cuaresma
Por Antonio Lizcano Ajenjo, canónigo de la catedral
Tres son, en efecto, los puntos neurálgicos cuyo cuidado garantiza los ejercicios que el espíritu puede realizar con eficacia en el tiempo que iniciaremos el próximo día veintidós, Miércoles de Ceniza: la Cuaresma invita, para nuestro provecho cristiano, a cuidar:
La Oración, el trato con Dios y con lo divino. La Eucaristía, la Visita al Santísimo, los Laudes y las Vísperas, la meditación y la Lectio divina, el Rosario… fomentan la vitalidad de la Fe.
El Ayuno, el abstenerse de algo en la comida, en la bebida, en el uso de cosas y sensaciones aviva la Esperanza. Nos privamos porque lo que nos da el Señor sacia mejor nuestras apetencias.
La Limosna nos entrena en la necesaria ascética de darnos a nosotros mismos. Porque es verdad que dar nuestro tiempo y nuestra disponibilidad es ya salir de nosotros, pero nos deja más desprendidos de nuestro yo dar a quien lo necesita lo que nosotros poseemos como propiedad. La limosna prueba de un modo más perceptible que se nos acrecienta la Caridad, que es la esencia de Dios: su amor
Se trata del primer día de la Cuaresma, un día con historia: en los primeros siglos de la Iglesia existía la práctica de que los«penitentes» (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma), comenzaban su penitencia pública salpicados de cenizas, vestidos de sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo antes de la Pascua.
Cuando estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X), quedó el símbolo de la imposición de la ceniza para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.
Se trata de un símbolo expresivo y pedagógico. La Palabra de Dios, en este día nos invita a la conversión, a volver al Señor: es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.
La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros –el hombre viejo– para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.
El Miércoles de Ceniza
Por Arcángel Moreno Castilla, delegado diocesano de Liturgia
Se trata del primer día de la Cuaresma, un día con historia: en los primeros siglos de la Iglesia existía la práctica de que los «penitentes» (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma), comenzaban su penitencia pública salpicados de cenizas, vestidos de sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo antes de la Pascua.
Cuando estas prácticas cayeron en desuso (del siglo VIII al X), quedó el símbolo de la imposición de la ceniza para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.
Se trata de un símbolo expresivo y pedagógico. La Palabra de Dios, en este día nos invita a la conversión, a volver al Señor: es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.
La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros –el hombre viejo– para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

