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Cuaresma, ceniza, oración, ayuno, limosna, abstinencia…

Posted in Espiritualidad,Pastoral por padreteo en 20 febrero, 2012
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La simbología de la ceniza, el ayuno, la abstinencia, los pilares de la Cuaresma y el Miércoles de Ceniza. Tomado de la publicación diocesana semanal de Ciudad Real (“Con vosotros”, 19-2-2012) y de la página web de este obispado

La simbología de la ceniza

Por Juan Carlos Fernández de Simón Soriano, párroco de Malagón

Miércoles de cenizaEl camino de la Cuaresma, que nos prepara la Pascua, se inicia con el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que va iluminado por las pa­labras que lo acompañan: Acuérdate que eres polvo y en polvo te converti­rás (cf. Gn 3,19), o bien: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15).

El símbolo de la ceniza nos recuer­da el origen del hombre: «Dios for­mó al hombre con polvo de la tierra» (Gen 2,7). En este sentido, la ceniza representa, pues, la conciencia de la nada de la creatura con respecto al Creador, que nos lleva a todos a asu­mir una actitud de humildad (viene de humus, tierra):«polvo y ceniza son los hombres» (Si 17,32).

Además, la ce­niza es signo del arrepentimiento y de penitencia: «Cambiemos nuestro vestido por la ceniza y el cilicio; ayu­nemos y lloremos. Delante del Señor, porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nues­tros pecados» (Antífona: Cf. Jl 2,13).

En los primeros siglos se utilizó este gesto por los cristianos culpables de pecados graves que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza, que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.

En el siglo XI, desaparecida ya la peniten­cia pública, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para to­dos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

Cuaresma 2012: El ayuno cuaresmal/el des-ayuno pascual

Por Vicente Díaz-Pintado Moraleda, párroco de Calzada de Calatrava

Por ayuno se entiende la prácti­ca de limitar el consumo de comida y algunas bebidas. Pero, como todo signo, este no tiene sentido si no lle­va un significado profundo.

El ayuno ha estado siempre pre­sente en la tradición del Antiguo Testamento, despertando el deseo de conversión a Dios en el corazón del pueblo de Israel.

El mismo Señor ayuna como ges­to que fortalece el espíritu ante la tentación del maligno. Y son mu­chas las veces que el Señor invita a sus discípulos a hacer uso de esta práctica para conducir a la libertad de corazón y mente, para reconocer la debilidad y la dependencia que tenemos de Dios, para cultivar la pobreza de espíritu, edificar la vida interior y eliminar los excesos de nuestra vida a fin de hacer más hue­co a Dios en nuestro corazón, verda­dero alimento imprescindible para nuestra existencia.

Así ha estado presente, con un sentido verdaderamente espiritual, en la vida de la Iglesia. Imprescin­dible será también unir ese ayuno físico que fortalece el espíritu con las buenas obras para el prójimo, la limosna y la oración (Mt 6, 1-18).

Vivimos en una sociedad consu­mista con riesgos de obesidad cróni­ca donde no nos importa someter­nos a los eternos ayunos de las más variadas y, a veces, disparatadas dietas y casi siempre por razones de estética más que de salud. ¿Por qué, entonces, no ayunar dándole ese sentido espiritual de comunión con Dios y deseo de conversión que nos pide nuestra madre la Iglesia?

El ayuno cuaresmal nos pre­para para poder, en la aurora del nuevo día de la resurrección, rom­per el ayuno y des-ayunar la vic­toria de Cristo.

Abstinencia para un corazón compartido

Por Vicente Díaz-Pintado Moraleda, párroco de Calzada de Calatrava

«No tiene sentido abstenerme de comer carne para comer pescado que, por otra parte, es más caro». Es uno de los muchos y más comunes argumentos que podemos decir ante los días que la Iglesia nos pide que no comamos carne. Entonces ¿qué sentido tiene? ¿Por qué lo hacemos?

Al igual que el ayuno es otra práctica que ha marcado tradicio­nalmente la espiritualidad cuares­mal. Y como todo signo, éste no tendrá sentido si no lo hacemos con una actitud interior. La abs­tinencia cuaresmal tiene un con­texto mucho más profundo. Es la abstinencia del hombre viejo; del pecado. La renuncia a los propios caminos errados para abrazar los de Cristo. Esa es la abstinencia principal que nos recuerda la otra carnal: la lucha contra el pecado en nosotros mismos.

Si uno se priva de un plato de carne, pero no de su rencor y deseo de venganza, se ha quedado mera­mente en la superficie de su ayuno y abstinencia. Si damos una limos­na, pero no vaciamos el corazón de odio o soberbia, entonces no hemos progresado gran cosa. La abstinen­cia de carne ha de ir acompañada de su significado real: abstenerme de todo aquello que me aleja de los sentimientos de Cristo y del amor al prójimo.

La renovación interior va así acompañada y favorecida por una austeridad exterior en la práctica que puede adoptar muchas moda­lidades. Sería bueno abstenernos de pecado y buscar siempre, en clima de conversión pascual, el alimento imperecedero, de Pan y de perdón, que Cristo nos da.

Los tres pilares de la Cuaresma

Por Antonio Lizcano Ajenjo, canónigo de la catedral

Tres son, en efecto, los puntos neurálgicos cuyo cuidado garantiza los ejercicios que el espíritu puede realizar con eficacia en el tiempo que iniciaremos el próximo día veintidós, Miércoles de Ceniza: la Cuaresma invita, para nuestro provecho cristiano, a cuidar:

La Oración, el trato con Dios y con lo divino. La Eucaristía, la Visita al Santísimo, los Laudes y las Víspe­ras, la meditación y la Lectio divina, el Rosario… fomentan la vitalidad de la Fe.

El Ayuno, el abstenerse de algo en la comida, en la bebida, en el uso de cosas y sensaciones aviva la Esperanza. Nos privamos porque lo que nos da el Señor sacia mejor nuestras apetencias.

La Limosna nos entrena en la necesaria ascética de darnos a no­sotros mismos. Porque es verdad que dar nuestro tiempo y nuestra disponibilidad es ya salir de noso­tros, pero nos deja más despren­didos de nuestro yo dar a quien lo necesita lo que nosotros poseemos como propiedad. La limosna prueba de un modo más perceptible que se nos acrecienta la Caridad, que es la esencia de Dios: su amor

Se trata del primer día de la Cuaresma, un día con historia: en los primeros siglos de la Iglesia existía la práctica de que los«pe­nitentes» (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cua­resma), comenzaban su penitencia pública salpicados de cenizas, vestidos de sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo antes de la Pascua.

Cuando estas prácticas cayeron en des­uso (del siglo VIII al X), quedó el símbolo de la imposición de la ceniza para todos los cristianos, de modo que toda la comu­nidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la con­versión cuaresmal.

Se trata de un símbolo expre­sivo y pedagógico. La Palabra de Dios, en este día nos invita a la conversión, a volver al Señor: es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.

La Cuaresma empieza con ce­niza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros –el hombre viejo– para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

El Miércoles de Ceniza

Por Arcángel Moreno Castilla, delegado diocesano de Liturgia

Se trata del primer día de la Cuaresma, un día con historia: en los primeros siglos de la Iglesia existía la práctica de que los «pe­nitentes» (grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cua­resma), comenzaban su penitencia pública salpicados de cenizas, vestidos de sayal y obligados a mantenerse lejos hasta que se reconciliaran con la Iglesia el Jueves Santo antes de la Pascua.

Cuando estas prácticas cayeron en des­uso (del siglo VIII al X), quedó el símbolo de la imposición de la ceniza para todos los cristianos, de modo que toda la comu­nidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la con­versión cuaresmal.

Se trata de un símbolo expre­sivo y pedagógico. La Palabra de Dios, en este día nos invita a la conversión, a volver al Señor: es lo que da contenido y sentido al gesto de las cenizas.

La Cuaresma empieza con ce­niza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros –el hombre viejo– para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

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